Nos enfrentamos a una horrible plaga de sosos, creados a medida de un soso consenso democrático entre sosos y mangantes, y también mangantes sosos. Hay quien dice que este es el ocaso de una humanidad condenada a la guerrilla y a los más rigurosos frenos malthusianos. O un pantallazo azul en Matrix. Pero hay otros, los más, a los que no parece importarles. Quizás porque resulta demasiado duro enfrentarse a la verdad, quizás porque ya es demasiado tarde para ellos...
Ir al rebufo del éxito de Walking Dead dándole a esta entrada el título que tiene no es casual. La serie me gusta, al igual que el cómic me gustó en su día (seguramente me haya quedado atrasado, pero no es un drama), y bueno, tratándose de zombies, no soy demasiado exigente, pero hay que reconocer que la historia tiene su gracia y los efectos especiales son muy buenos. Pero principalmente, uso la metáfora de los zombies ganando por puro número porque me parece muy ilustrativa de las democracias actuales. Sólo en la manada existe el sentido: el ente (la infección) se encarna en los caóticos movimientos de nuestros amigos los no muertos, una trama cuyo único eje argumental es la sed de sangre, buscada individualmente pero aprovechándose del grupo y contribuyendo a través de su competitividad por los recursos a las ventajas del trabajo colectivo. Sólo un enorme zombie sindicalista negro, como en Land of the Dead, puede poner orden a este sindiós. Y de todas formas, ese orden sería sólo una forma de postergar el horrible momento en que se aburran de comer carne humana, o en el mundo no queden más que zombies y se den cuenta de que no son más que una corrupta e incompleta forma de vida derivada de las peores pesadillas de una raza humana sin la cual no pueden sobrevivir. Cosa que no sucederá, porque los zombies de autoconciencia van flojetes. Esta entrada no va sobre seres putrefactos, vulgares y destestables. Bueno, sí, pero al menos no tienen por qué oler mal. Los únicos muertos vivientes viven en sus cráneos. A simple vista, son iguales que nosotros: misma disposición anatómica, habilidades y procesos cognitivos propiamente humanos, genéticamente compatibles para la producción de descendencia fértil...Pero nunca encontrarás un brillo de inteligencia en su mirada, por sus raquíticas meninges fluirán pesadamente las nutritivas gracias de Atenea, pasando en último término a la vejiga para ser meadas ante la imposibilidad de metabolizar nuevos modos de entender las cosas. No encontrarás en su discurso un argumento complejo que no haya sido meramente memorizado, no podrás dejarte llevar por un diálogo imaginativo que te exponga a la dimensión meta de tu forma de pensar, sintiendo que te hace crecer. Tal vez puedas aspirar a la cordialidad, confiar en su labor de engranaje en tareas rutinarias, valorar algunas de sus disposiciones morales y conductuales elementales en su justa medida, pero cualquier líbido intelectual se ahoga en el inquietante vacío de esos ojos sin la inapreciable, sutil y subjetivísima chispa que revela un pensamiento multinivel.
Ojeando siniestras publicaciones subversivas y amarillentos manuscritos en mi lóbrega biblioteca, he llegado a trazar un pequeño inventario de posibles causas de la situación actual. Huele a tabaco rancio apagado en tazas de café reseco, llevo días sin atender los imperativos más elementales de mi biología y el complejo diagrama del desgastado pizarrín no es más que un sombrío balcón que da a mis paranoias y miedos más pulsionales.Pero antes de quemar todo lo escrito en un arrebato de locura, me tomé la precaución de pasar las notas a ordenador, y aquí van algunas hipótesis...
Primero pensé que a alguien del futuro le hizo más gracia ''Idiocracia'' que su propio presente, y viajó en el tiempo para instalar su software de oligofrenia en el sistema de recompensas sociales. Pese a mi inquebrantable confianza en la estupidez de la humanidad futura, muy pronto descarté esa hipótesis, ya que la íntima fascinación ucrónica por ''Ay, mis huevos'' no debería suponer un especial aliciente en el futuro que estamos cultivando, que, a la vista del presente, tiene pinta de ser lo suficientemente dantesco como para paralizar la imaginación como simulación de la experiencia en pos de la lucha directa por la supervivencia en un entorno hostil .''Ha habido hostias y las habrá por pura gimnasia desde los monos hasta La Guerra de las Galaxias''.
¿Podría ser consecuencia de una maldición nativa? ¿Habremos abierto una pajarería encima del cementerio embrujado equivocado?. Suena bonito, pero ¿nativos españoles?...Por favor, seamos serios. Nuestras romerías molan mucho menos que el ''kula'' trobriandés, sólo somos europeos algo exóticos y nuestros ectoplasmas tienen mejores cosas que hacer, como psicofonías o poltergeist. Pero tal vez la pista histórica no es del todo mala: imagina que estás en la Edad Moderna (nada que ver con gafas gigantes y ropa rara, POR FAVOR) y no tienes nada mejor que hacer que dedicarte al oscurantismo, y un día, cosa que le puede pasar a cualquiera, encuentras un vetusto códice demonológico, recitas algo en una lengua desconocida y, cuando te quieres dar cuenta, has cabreado a algún Leviatán y condenado a los ciudadanos de tu naciente país a la tontuna eterna. Podría ser esto, dado que llevamos desde entonces haciendo el anormal mientras otras sociedades de nuestro entorno se dedicaban a cosas productivas, pero es una hipótesis que excluye una vida inteligente que, si bien no es la constante máxima, brilla con luz propia: muy torpe tendría que ser el jodido Leviatán para que se le colasen en la cosecha del cerebro reseco Valle Inclán, Manuel Castells, Miguel Delibes, Santiago Ramón y Cajal y un largo etcétera.
La última idea que me rondó la cabeza fue la de los hombres vaina. Básicamente, porque estaba viendo ''La invasión de los ladrones de cuerpos'', y, oh destino, por un momento pareció que alguien tenía un plan mandándome a la ciencia ficción cincuentera. Que no haya visto vainas para copiar humanos no quiere decir que no existan, ni mucho menos, es más, si yo fuese Iker Jiménez insistiría en la existencia de una conspiración extraterrestre invisible para robarnos eso que llaman ''el alma'' y convertirnos en mera eficiencia biológica desnuda a través de vainas clonadoras. Luego añadiría barroquismo ambiental y dudas sospechosas, para acabar dirigiendo a la audiencia de uno u otro modo hacia el circuito comercial maguf... perdón, hacia los honrados profesionales de la ''ciencia de vanguardia''.
Por si alguien es tan iletrado y loser como yo hasta la semana pasada, y no ha visto la película, cabe recordar que hay una parodia-homenaje de Los Simpsons sobre ella, lo cual en el fondo no es mucho decir, porque a la bendita serie se puede acudir ante cualquier tema de conversación. Del mismo rollo que la película va, también, un temazo de los Def con Dos llamado ''Fin de siglo''
La hipótesis no era del todo mala, al fin y al cabo. Sólo hay que desembarazarse de molestas alforjas como la coherencia de las cadenas causales, la lógica experimental o la falsabilidad y dejarse llevar por lo sugerente de un mundo en el cual las personas normales resultan aún más inquietantes que molestas.Pero no se asusten, esta hipótesis no deja de ser una superchería sin sentido, no hay ninguna amable y ultradesarrollada potencia del espacio exterior con tan buenas intenciones respecto a nosotros. Sería tan estúpido como pensar que esos atractivos y eficientes alienígenas han modificado la entrada original porque el autor se estaba pasando de listo al sacar sus oscuros secretos a la luz de la opinión pública. ¡Ni siquiera el más tonto de mi lejano planet...digo pueblo podría creerse algo así!.
Cualquiera de estas explicaciones sería preferible a la raíz real del problema. Se trataría, al menos, de enemigos concretos. Y su explicación sería mucho más entretenida. La mediocridad formaría parte de un malévolo plan, o al menos sería el horrible producto de una metástasis social...En todo caso, algo extirpable con mayor o menor dificultad. El problema aparece cuando estos fallos no revelan un funcionamiento anómalo del sistema de recompensas sociales, sino que constituyen la base del mismo, una expresión de su más profunda idiosincracia. La máquina de hacer profesionales no hace idiotas por error: es una máquina de hacer idiotas de la que, casi casualmente, sale de vez en cuando gente genuinamente brillante. La mayor de estas máquinas se llama ''universidad''. Se trata de instituciones para la creación y el fomento del conocimiento, y vaya, pues en esa dirección mueven muchos recursos y actividades que contribuyen a esta función. Pero el eje central, los estudios de Licenciatura, ¿qué te da, salvo en casos muy técnicos?
En cierto modo, te lo dan todo. Te ofrecen referencias, te dicen ''vete a los libros'', y ese enunciado te sirve para ser docto en cualquier cuestión que te propongas. Te ayudan a situarte en una marea de producción intelectual especializada como espectador consciente de sus claves interpretativas. Participas en clases, prácticas y exámenes, estudias, lees, escribes. Y es así como se aprende, no subiéndose encima de la mesa a gritar ''oh capitán, mi capitán''. Básicamente, estudiar es leer y escribir, aprender dejándote enseñar, comer teorías y cagar análisis. Garantizar un acceso prácticamente universal a este ámbito es una de las mejores cosas que puede hacer un Estado en favor de la igualdad social en el interior de sus cochinas fronteras.
El problema no es que el periodo universitario no pueda ofrecerte una madurez profesional e intelectual razonablemente coherente con el entorno socioeconómico. El problema es que con un mojón reseco dentro del cráneo puedes superarlo, y por tanto, certificar esta madurez al menos de manera oficial, que a efectos de la Administración Pública es la única que existe. Quizás se cumple con un criterio de igualdad de oportunidades, pero a costa de vaciar de significado la nota del expediente, el supuesto instrumento de medida-recompensa de las capacidades del alumno.
''Con esfuerzo basta'' es el lema de la universidad presencial que yo he vivido (vivo). Si te esfuerzas, apruebas. Si te esfuerzas mucho, sacas buenas notas. Si te esfuerzas muchísimo, sacas unas notazas del copón. Una progresión lógica en la que cualquier persona puede encajar. Lo que no encaja es lo siguiente: si la cosa va por horas invertidas, y no por su PRODUCTO intelectual, ¿por qué no nos hacen fichar en la biblioteca y en clase, y se dejan de vainas?. Cuanto más tiempo, más puntos, así de simple. Llevemos esta lógica al mercado laboral: encargas dos mesas, una de ellas te llega en un tiempo razonable, y tiene unos bonitos acabados y un aspecto bastante robusto. La otra es un amasijo inestable de clavos oxidados y madera podrida que te entregan al cabo de dos años, eso si, muy bien envuelta en papel de regalo. ¿Por cuál estarías dispuesto a pagar más? Seguramente, por la primera, por el trabajo bien hecho. Pues en la Universidad, se paga más al segundo: pobrecito, encima que la tarea que al primero le ha costado dos semanas, a él le ha llevado dos años, no vamos a penalizarle. Habrá que pagarle esos dos años de duro trabajo, aunque el resultado sea un birria, porque se lo ha currado. Y echando cuentas, dos años son más días que dos semanas...
Básicamente, los programas académicos valoran como ''aspectos prácticos'' la mera asistencia a clase y la realización de prácticas que es casi imposible suspender a poco que las presentes en el plazo establecido y con la extensión y formato exigido. Eso es un cinco, aunque el contenido del trabajo sea un auténtico desastre impropio hasta de un niño de doce años hablando del tema que te piden analizar (frases inconexas, plagios, faltas de ortografía, estructuración delirante, nula profundidad conceptual). Se llega al siete con una redacción estructurada con cierta coherencia o con un análisis bibliográfico sobrio pero poco crítico...O quizás con un trabajo bien orientado, pero con fallos técnicos o escasa dedicación. A este espectro valorativo lo llamaría ''el 5 objetivo'', por debajo del cual no se certifica en ningún caso una madurez intelectual propia del periodo universitario. Por lo general, hasta las notas superiores al 8, en las prácticas no se produce una gradación objetiva de la calidad del resultado del esfuerzo invertido, sino de su volumen. Vale con haber leído sobre el tema que expones, da lo mismo si has sacado tus propias conclusiones (el teórico objetivo del trabajo práctico); basta con que se note que has leído, aunque no te hayas enterado de nada. Y, de todas formas, es muy probable que cuele ''echarle gaseosa'' al trabajo, diluyendo conocimientos irrelevantes en masas de diarrea verbal, y jugando a la picaresca con los interlineados, los márgenes, el tipo de fuente...Que se vea que le has echado horas, aunque no te hayan servido para mejorar en absoluto ninguna de tus capacidades, salvo, quizás, la de dar penita al profesor. Un larguísimo tostón puede ayudarte a sortear esa barrera de protección ante mentes planas que se supone que es el sobresaliente, la teórica garantía absoluta de la calidad del contenido del trabajo. Tomando la noción anterior del 7 como ''cinco objetivo'', podemos imaginar que de algún modo se encadena en las calificaciones siguientes: el 8 sería el auténtico notable solvente, pero sin pasarse, el 9 sería un notable alto y sólo el 10 la matrícula de honor. En resumen: ni el notable ni el sobresaliente son categorías fiables en la calificación de los trabajos, han perdido su espacio valorativo-conceptual propio, al igual que el aprobado. Sólo el suspenso y el 10 son plenamente coherentes con el baremo de su aplicación. Hay sietes que son cincos en calidad mezclados con sietes que lo son de verdad, y así hasta el 9.
Bueno, pues ya tenemos aprobados los créditos de la ''parte práctica'', esa que se supone que garantiza la aplicación de la teoría de la asignatura en contextos reales. Hemos podido sacar una nota decente sin enterarnos de gran cosa sólo a base de picar piedra. Es mucho más fácil callarnos la boca con una calificación honrosa que hacernos entender que a lo mejor hemos trabajado mucho, pero mal. Es mucho más fácil reflejarlo de forma adulterada en una calificación que hacerlo de forma objetiva y explicándonos las causas para que podamos mejorar en ocasiones posteriores. El ''buen alumno'' es, simple y llanamente, sumiso y trabajador, los criterios de excelencia técnica son algo secundario. Y la mejor forma de confirmarlo es exigiendo memorística pura y dura en los exámenes: el razonamiento es mucho más difícil de valorar que el recuerdo, mucho más complejo: no basta con la aparición de ciertos datos sin disparates entre medias, sino que, de algún modo, se debe reflejar una comprensión de lo estudiado que es imposible juzgar en base a la mera repetición de la información que se da como apuntes. En la mayoría de los casos, lo que se valora principalmente es recordar ciertas informaciones en el momento del examen, da igual cómo. Esto es muy ''democrático'': cualquier persona que se machaque a estudiar se aprende las cosas de memoria y saca un diez sin complicarse la vida con interpretaciones. No todo el mundo vale o quiere valer para eso, pero las normas están bien claras: memoria=éxito. Si además razonas lo que has memorizado, mejor para tí...en un sentido emocional, metafísico, vivencial, interior, casi mágico. En otras palabras: mérito gratis para el sistema educativo, no te va a pagar con más puntos que a un ''hombre libro'' como los de Fahrenheit 451, lo cual a fin de cuentas significa que a efectos legales, los que te posicionan jerárquicamente en el mercado laboral, vale lo mismo que seas una mula de carga de información o alguien capaz de tener sus propios recursos y autonomía intelectual. Digamos que en un examen universitario de teoría, normalmente, puedes sacar un 10 al que no te acercarías ni en broma si te repiten el examen una semana después (con suerte, te queda un 7). Nada garantiza tampoco que, a igual materia, sacarías la misma nota con otro examen: el factor aleatorio se carcajea muy a menudo con sus caprichosos vaivenes.
Bueno, pues ya hemos superado la parte práctica y el examen. Pongamos el caso de que soy uno de esos robots memoriones, y voy a irme de vacaciones con una sonrisa en forma de sobresaliente. Ayer me preguntaron mis padres de qué iba aquella asignatura, y me asusta pensar que la gente pueda ser tan exigente como para pedirme que recuerde algo de una materia que acabé de estudiarme hace dos semanas. Es decir, si al menos fuesen profesores y me estuviesen poniendo nota...De todas formas, respondo con desgana limitándome al título de la asigntaura. Ya forma parte del pasado. Ya puedo volver a hacer como si nada hubiese pasado por mi cabeza. Mi colega ''el Pantuflas'', que ha suspendido, viene a verme la semana antes del examen de septiembre. ''Tronco, explícame esto que cayó en junio...y tu sacaste un 9''. Me limito a leerle los apuntes, pues yo no hice otra cosa y mira qué bien me fue. Al día siguiente, aparece una noticia en la prensa relacionada con una de las preguntas de tu examen. No tienes especial interés ni una opinión mínimamente formada al respecto: apenas recuerdas datos anecdóticos, y serías incapaz de explicar el fenómeno a un ''profano'' con tus propias palabras. Tu sobresaliente certifica un conocimiento que se ha ido por el sumidero en menos de 100 días. No vale una mierda, sólo habla de tu carácter constante y trabajador, pero esa es una base, una herramienta, no un fin para el universitario. El fin es tener una capacidad de comprensión e interpretación de la realidad estudiada. Y tu no tienes ni para hablar dos minutos del tema, pero según tu expediente, eres un fuera de serie en ese ámbito. ¿Cómo nos engañaste a todos, bribón? Sacaste un 9 en el examen sin llegar a comprender lo que repetías una y otra vez, y de ahí un 75% de tu nota. Sacaste un 8 en la parte práctica con dos trabajos mediocres, calificados con un 7 por su volumen de páginas, y un 10 en asistencia (leyendo el As en el portátil, pero en clase al fin y al cabo). Llegaste al despacho del profesor en día de revisión a certificar que las décimas que te faltaban para rubricar tu excelencia no supondrían un problema, mientras otros esperaban para revisar su examen en serio. Y si, tu ''ocho y mucho'' se hizo 9, ''sobresales'' en la materia, aunque no tienes ni puta idea. Y así acumulas docenas de asignaturas, apiladas en un expediente inmaculado que pronto te dará de comer. Eres un insulto a la meritocracia y una alabanza al darwinismo: quizás no eres ''el mejor'' titulado en aptitudes científicas, pero eres la rata más lista de las cloacas burocráticas, un ser funcionalmente adaptado al ecosistema universitario que no tiene ninguna posibilidad de supervivencia fuera de aquellas actividades en las que se ha especializado: la memorización repetitiva, el resumen acrítico y la conceptualización a brochazos con el palillo entre los dientes. Quizás pronto te sirvan para llegar muy alto en el mundo profesional, especialmente en el académico. Lo tienes a huevo para hincharte a becas con tu nota media de la hostia. Quizás consigan suplir tus carencias y convertirte en un profesional de verdad, como se supone que debería haber hecho la licenciatura. Aunque tampoco es descartable que te dediques durante su disfrute a los mismos hábitos inanes de trabajo intelectual de baja estofa, sin mejorar significativamente tus aptitudes, pero que una conjunción de coyuntura adecuada, lengua en ojetes y pavos en el horno ajeno te acabe llevando a dar clases en la universidad. Se cierra el ciclo: ahora TU eres la referencia para examinar a los alumnos. Consideraste que la memorística y los trabajos al peso eran la panacea en tu época de estudiante, y ahora puedes imponer ambos yugos a tus alumnos ''por su propio bien'', haciéndote mucho más fácil la evaluación. La mediocridad del resultado está lista para perpetuarse y hacerse cada vez más fuerte. Por fortuna, algunas de las personas que aceptan ''las reglas del juego'' son, además de estajanovistas de la memoria, gente que realmente sabe lo que hace. Que memorizaron, que cumplieron con los criterios formales, pero no se quedaron ahí: realmente ENTENDIERON aquello que estudiaban, lo integraron aprendiendo a pensar por su cuenta y, poco a poco, a enseñar a pensar a los demás. Ellos son los agentes principales del progreso científico, los genuinos profesionales, las únicas personas en las que se debería confiar la formación de los estudiantes.
El ejemplo anterior terminaba con su detestable protagonista en una brillante atalaya académica de por vida, pontificando la mediocridad y ejerciendo de lo que no es. Pero es sólo un caso extremo: no todos los ''robots académicos'' son tan eficientes o ambiciosos. A la mayoría de ellos les vale con aprobar la carrera e irse a molestar (ergo trabajar) a otra parte, que, de todas formas, no tendrá demasiado que ver con sus estudios anteriores: tendrán que hacerse un profesional a medida empezando casi de cero, porque los muy botarates no respiran fuera de la pecera universitaria en la que se han pasado unos 5 años, y con dinero de por medio no hay ''puntos por asistencia a clase'' o ''tu trabajo es una mierda, pero te apruebo por esforzarte''. Hay plazos, objetivos organizativos, jefes y clientes. Un mundo real para el que se supone que te capacita la licenciatura, si acaso complementada con un breve periodo iniciático, pero que te resulta raro de cojones como te pidan algo no mecánico, porque en el fondo sólo sabes hacer eso o fingir que haces algo.
Parece que no hay víctimas entre los estudiantes, pero no es así. En parte, son verdugos de si mismos, pero en muchos casos también se trata de personas muy válidas para propósitos profesionales, pero altamente desmotivadas por el sistema de enseñanza. Gente que se siente desplazada, convencida de su vocación, pero que no acepta el modo en que su formación supuestamente ayuda a desarrollar su faceta profesional. Un vacío medios fines: fase uno robar calzoncillos, fase 2... y fase 3 ganancias, como ya decían los gnomos robacalzoncillos, aunque ellos eran muy felices con este vacío (South Park, 2x17)

Es decir, los desafectos empiezan a pensar: ''quiero ser lo que se supone que la carrera me enseña a ser, pero no así''. Y llegado a ese punto, su recurso más fácil será el progresivo abandono de las rutinas de trabajo establecidas, cultivando un leve criticismo a través de la mera supervivencia académica (si no se abandona el barco a las primeras de cambio), en espera de ''aprender de verdad y por mi cuenta cuando ya esté titulado''...Algo que, por otra parte, no tiene por qué suceder, dado que la resignación a menudo genera una falta de interés que tiene consecuencias directas en las actitudes y capacidades: te cansaban las cosas que te mandaban, querías más acción, ''haberme dado un arma''. Pero mientras tanto, te dedicabas a ratear y sobrevivir fumando colillas, a aprobar de chiripa, pero eso sí, mirando por encima del hombro a todos los demás, que algún día no serían más que mierda en tus tacones. Te olvidabas de algo: aprobar no equivale a aprender, y por muy buenos mimbres que tuvieses, tu cesta es una mierda y eres parte del problema.
La otra opción extrema es muy nietszcheana: el superhombre haciendo sangre en el culo al sistema que odia. Superando con solvencia requerimientos que le parecen estúpidos sólo para demostrarse que lo son, haciendo orfebrería con cada idea en un mundo de plastiquete malo, siendo tan odiosos en sus principios como irreprochables en sus procedimientos. Esta opción supone una intensa gimnasia mental: la que te proponen y la que tu consideras necesaria necesitan su tiempo. Déjalos boquiabiertos, y cuando tu brillante expediente se haga más grande que tú, límpiate el culo con él, hazlo añicos, quémalo y sopla las cenizas sobre la concurrencia. Una bonita manera de amenizar la entrega de los Premios Nobel y jurarte que tu única tarea y recompensa es la duda metódica, que brillen los focos entre sus académicas posaderas, que decidan quién es el más chachi de su pandilla de pijos elitistas mientras se limpian las migas de canapé de la solapa del frac, se ajustan los monóculos y le imponen al mundo su estándar de genialidad. Te importa una mierda, sólo quieres hacer bien tu trabajo, ser un Sísifo que mueve la roca con una tonta sonrisa, derivada de la quimérica esperanza de poder pegarse una ducha y sentarse a echar un pitillo al pie de la colina en algún momento de su vida. Pero seamos serios, hay que tenerlos como el caballo de Espartero para no caer en la desidia, y de estos genios con capacidad de trabajo hay muy pocos. Mi más sincera enhorabuena, cabronazos, qué envidia.
Normalmente, el desafecto crítico se queda en algún punto intermedio entre Carpanta y Superman, los dos extremos antes descritos. El carácter, el entorno y la ''potencia'' de su ''hardware'' mental suelen determinar dónde. Pero siempre tendrán la desventaja de ser valorados en función a su adaptación al rutinario ecosistema universitario más que a criterios de excelencia técnica, con los que quizás obtendrían mejores resultados. Son evaluados principalmente como robots, y van a la bolsa de trabajo de robots, se supone que deben hacer cosas de robots, y bueno, si alguien los quiere utilizar para otra cosa, allá ellos...
No me gustaría acabar esta entrada sin advertir mi repulsa por el clasismo intelectual: no se trata de despreciar a los estudiantes con menos conocimientos u oportunidades, y mucho menos a aquellas personas que han decidido dedicarse a otras cosas. Hablo de la necesidad de un sistema más justo y eficiente para la creación y evaluación del capital humano, y de la siempre irrenunciable necesidad de ser exigente con uno mismo, pida lo que pida el entorno. En resumen: defiendo la necesidad de un pensamiento crítico, pero este tiene mucho más fácil la supervivencia en un entorno favorable, y por ello creo que se debe ayudar a su difusión desde el sistema educativo, convirtiéndolo en el criterio central de evaluación y devolviendo al trabajo de acumulación de información su carácter instrumental.

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