lunes 2 de noviembre de 2009

Temas que dan perezasco. Volumen 2: ''La demagogia''

Siguiendo con nuestro paseo por el museo de los horrores retóricos, nos encontramos con la demagogia. La demagogia es, según lo que llevo años observando en los medios, todo lo que hace, dice o piensa alguien que no piensa como tu.

Hay algo que siempre me ha fascinado de este término: a mi, francamente, me cuesta entender cuáles son sus usos pertinentes, por ello apenas lo utilizo, pero no me impide ver que se usa para un delirantemente amplio rango de cosas. Es la palabra mágica con la que se insultan entre ellos los cazadores de votos, y con la que los cautivos de unos bandos se acusan a otros. Todo el mundo lo usa, pero ¿saben lo que significa? ¿qué tiene de demagogo el que recibe tal apelativo que no tenga el preboste favorito?

Recuerdo que, años atrás, oía por todos lados esta palabra. Y pensaba: ''coño, si es tan famosa, ¿por qué no conozco su significado?. Y en un alarde de esfuerzo sobrehumano del que creo que incapaz a la gran mayoría de la gente, los busqué en un diccionario y leí algo tal que así:

'' (Del gr. δημαγωγία).

1. f. Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular.

2. f. Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder. ''



La pregunta es, ¿qué se piensa la gente que es en realidad? ¿es la definición, o el fenómeno en sí, algo demasiado amplio e inespecífico?. Es posible, pero tampoco se fíen mucho de mi, porque al fin y al cabo, de filólogo tengo poco más que de vedette.

Pero la cuestión que quiero plantear es más su uso indiscriminado que su significado. Es mucho más fácil decir que alguien es un demaagogo, disparando al bulto, que señalar los aspectos demagógicos concretos del discurso, y descomponer las formas expresivas y contenidos para ver qué cuentan y cómo lo hacen. El problema es que se asume como un discurso estereotípico en torno al poder, que sirve para encajar lo que no entra en nuestro sistema de valores dentro de la categoría genérica de las cosas malas. Así, asumimos que un banquero, un entrenador de fútbol, un político, el típico conocido fantasmón o un periodista perpetran la misma demagogia. Sin embargo, cada una tiene sus mecanismos, y posíblemente un nombre mucho más preciso con el que reconocerlas como manipulaciones, intencionales o no, que pretenden transmitir o legitimar interpretaciones concretas de ciertos aspectos de la realidad.

En resumen, si usted piensa que su alcalde le roba y le falta al respeto, diga que es un chorizo y un faltón; si no se cree al ministro, sostenga con argumentos que ese señor no suelta más que estiercol por la boca; si cada vez que el obispo de su ciudad habla sube el pan y huele a medievo, dígale que es un rancio tradicionalista que basa su vida en supercherías e intrigas palaciegas. Pero no digan que son demagogos, porque el término está tan sobado, casí erosionado, que por una oreja entra y por otra sale.