domingo 26 de junio de 2011

''Bases''(+/=)15M


¡Ay bases, bases, mis queridas bases! Os noto tímidas, pero sé que estáis ahí. Se oye un leve murmullo de aprobación, que intenta esquivar el fatalismo, ese yugo de corrección política que aconsejan las élites de vuestras organizaciones y los medios no paran de venderos como la única opción razonable. Pero aún os notamos distantes. Durante años, décadas quizás, habéis puesto vuestro voluntad al servicio de causas que considerabais justas, y para ello, os habéis servido de las organizaciones sindicales, vecinales o ‘’sectoriales’’ (religiosas, medioambientales…). Vuestro impulso participativo emanó de un compromiso social que, a buen seguro, no se ha evaporado con los años. Un compromiso que logró lo poco que nos queda de democracia en la era del ‘’todo atado y bien atado’’, es decir, en una Transición que estableció un contrato social, en forma de Constitución, que a día de hoy nos parece ridículamente desfasada en algunos aspectos (como la sumisión a la corona, su peculiar régimen fiscal o las fórmulas de sucesión que rigen el acceso al trono) y dramáticamente poco específica en otros (como en el caso del derecho a una vivienda digna o al trabajo).

¿Quiénes sois?

A mis 25 años suena raro contaros batallitas que no viví, pero que de algún modo llevan dando vueltas en mi cabeza desde muy pequeño. Sé que hicisteis de Valladolid una ciudad combativa en los años 70: estudiantes, obreros industriales, asociaciones de vecinos, ferroviarios, ‘’curas rojos’’.  Pese a la represión policial, la tortura, la manipulación informativa, la violencia de extrema derecha, pese a  estas y otras trabas, hicisteis de nuestra Pucela un gran foco en la pelea por la democracia, el Estado de Bienestar y las libertades civiles. Aunque sería injusto olvidar a quienes vinieron después, la intensidad de vuestra lucha es el mejor ejemplo al que puedo acudir cuando alguien me suelta el típico tópico de ‘’Fachadolid’’. ¿Fachadolid? ¿Hablamos de aquella ciudad de las interminables huelgas en fábricas como Fasa o Michelín? ¿De la ciudad que vio interrumpida su vida universitaria oficial durante varios meses por las’’ fuerzas de orden público’’? ¿De aquella colectividad capaz de cortar el tráfico rodado y ferroviario, de aquellos ‘’paletos’’ que, recién llegados a su nueva ciudad, se preocuparon por que sus barrios fuesen habitables? Vuestras organizaciones eran medios de lucha por una vida mejor, pero también fines en sí mismas: un espacio social para compartir inquietudes y aficiones, para el compromiso solidario y el crecimiento emocional e intelectual. Conseguisteis mucho menos de lo que merecíais, y la desidia de una mayoría pasiva ha hecho que apenas queden resquicios de vuestros logros ante el sistema político. Pero esta organización como espacio social lleno de inquietudes, tan comunal como íntimamente personal, representativo por el esfuerzo cotidiano en las rutinas organizativas, de debate y de acción, esta concepción de vuestras organizaciones es un logro indiscutible. Es una llama que se ha mantenido viva en esta ciudad, en este país, con el paso de las generaciones: la llama de la conciencia de clase que se ha avivado, con desigual fortuna, ante los abusos de la casta dominante durante estos años: insumisión, ‘’el 0’7’’, las concentraciones contra la guerra de Irak, las huelgas generales y sectoriales... Por desgracia, las organizaciones, especialmente ciertos sindicatos, muy a menudo se han ensanchado burocráticamente a costa de la militancia, es decir, se han vuelto autorreferenciales, buscando la supervivencia económica de la organización por encima de las demandas de clase, obviando el debate, la democracia interna y volviéndose cada vez más verticales en los procesos de decisión y menos contundentes en la defensa de los derechos sociales, mostrando en ocasiones una clara connivencia con intereses patronales que extiende la sombra de la sospecha. Partidos y sindicatos han tejido una intrincada red de ‘’liberados’’ frecuentemente alejada de la realidad sociolaboral de aquellos cuya representación se arrogan, de quienes pagan les votan o pagan sus cuotas, de la clase obrera en general. Esto los ha ido convirtiendo en entidades despolitizadas, que han contribuido a la progresiva desmovilización de sus bases, con el efecto rebote que esto ha tenido en el deterioro general de nuestra sociedad civil, que al fin y al cabo es el corazón de las sociedades democráticas, cuyo reflejo deberían ser las instituciones y sus representantes. Esta energía creativa y solidaria ha sido secuestrada en procesos burocráticos tan complejos que encierran la voluntad popular en un voto, entendido como patente de corso y única opción de influencia política efectiva. El proceso electoral se hace aparecer como la muestra más elevada de la democracia participativa, y los representantes electos como su más alto exponente, conformando una suerte de mitología política que poco tiene que ver con la realidad.

¿Quiénes NO sois?

No sois idealistas puros: vuestra indignación viene de un malestar material, palpable. Viene del deterioro de nuestras condiciones de vida, nuestros servicios públicos, nuestros derechos laborales, de nuestro futuro como sociedad hipotecado. De todas formas, como seres humanos, tenemos ideas, que son la base de lo político: somos seres sociales y políticos por naturaleza evolutiva, por tanto, idealistas, pues incluso la propia forma de concebir lo material es cognitiva, y siempre incluye algún concepto no implementado de cómo mejorar las cosas. ¿Quién puede no ser idealista: un mineral, una ameba, un cadáver?
No sois robots consumistas o electorales sin conciencia crítica. No os conformáis con una papeleta cada cuatro años, no os habéis tragado la receta mágica neoliberal contra las crisis: más crisis, gestionadas por quienes las provocan. La zorra al cuidado del gallinero; la banca haciendo tasaciones. No aceptáis pasivamente los mantras de los mass media: sois conscientes de qué grupos empresariales están detrás de los medios que consumís, de la definición de la realidad que se vende como socialmente aceptable, y ante semejante estafa, reaccionáis con un espíritu crítico del que a menudo carecen quienes os informan (intoxican), la mayor parte de las veces como parte de una estrategia consciente de manipulación de la opinión pública. El sistema os parece tan poco legítimo, ficcionado e inmoral que, poco a poco, perdéis el miedo a llamaros a vosotros mismos ‘’antisistema’’.
No sois las élites de los ‘’sindicatos mayoritarios’’ a los que pertenecéis, alejadas de la realidad de sus ‘’representados’’ a través de un mar de despachos y oscuros intereses quasiempresariales. Deberíais plantearos qué hacen por vosotros, cuál es su papel en la negociación colectiva, en el contrato social en el general. ¿Seríais capaces de cambiarlos desde dentro, atacando a la raíz de su concertación y devolver(os) el poder a las bases? Si la respuesta es un rotundo NO, quizás deberíais buscar otras formas de sindicaros para luchar por el bienestar social y laboral. Quizás sea preferible a dejar que otros hablen en vuestro nombre mientras lo hacen en vuestra contra.
No sois votantes de siglas: votáis valores, o quizás los expresáis mediante la opción de no votar, votar en blanco o nulo. Pero no os atrae el signo político como marca, sino por su contenido. Por eso, os duele ver cómo se ignora vuestra opinión por parte de burócratas corruptos y/o ineficaces, que convierten la opción política en una mera cuestión de mercadotecnia, como bien se puede apreciar en su propaganda electoral invasiva, omnipresente y completamente carente de contenido político, que pagamos ‘’solidariamente’’ (ergo ‘’como gilipollas’’) con nuestros impuestos. Voto Hacendado, compro PSOE. Esos no sois vosotros, no os representan, queréis cambios profundos y sois muchos, pero tenéis miedo o carecéis de instrumentos para hacerlos efectivos. ¿De verdad os compensa ‘’vuestro’’ partido, o sois rehenes de un cálculo estratégico en el que tenéis todas las que perder?
No sois esos católicos que se agarran a lo más rancio de la doctrina vaticana, emporio de crueldad y control social que ha intentado asfixiar cualquier corriente crítica con sus desmanes económicos, desvaríos teológicos, desafíos a la racionalidad científica y generación de tendencias de marginación y exclusión social. No sois integristas intolerantes, no promocionáis el odio entre pueblos, sino el entendimiento en igualdad de condiciones y la solidaridad. No concebís la Iglesia como algo en lo que ser poderosos sobre otras personas, siquiera por su bien, sino como una forma de resultar útiles y realizaros como personas en el servicio a los demás. Sois los que creéis en una ‘’doctrina social’’, los que hacéis voluntariado, los solidarios, los ‘’curas rojos’’ de la Transición, los que denuncian los abusos de poder en el seno de la Iglesia (o con ella como excusa). Sois los que cobijaban asambleas en las parroquias y acababan en la cárcel por ello. Creo que vuestra cosmogonía es bastante irreal, y muchas de las cosas que hay en vuestros textos sagrados son anacronismos mil y una veces reinterpretados y convenientemente traducidos para guiar hacia ciertas categorías mentales de dudosa moralidad. Lo mismo opino del propio concepto del ‘’ser superior’’, o incluso de la espiritualidad como algo no material, sencillamente soy ateo y apóstata, pero he vivido rodeado de mucha gente religiosa con un profundo instinto moral ante la injusticia, y si ese impulso no cabe en esta revolución, yo no la quiero. No quiero vivir enfrentado a mis semejantes si ellos me respetan y también quieren un mundo más digno, no quiero perder el tiempo en discutir sobre el sexo de los ángeles mientras las agencias de rating y nuestros gobiernos nos ofrecen en sacrificio al dios de los mercados. De todas formas, ya habrá tiempo para discutir sobre el hecho religioso. Ahora toca otra cosa. Venga gente, ¡más Jesucristo y menos Vaticano! Como mínimo, no creéis en un Dios soberbio y vanidoso, sino en uno capaz de ‘’mandar al cielo’’ con sólo una regañina a los ‘’infieles’’ que hayan sido buenas personas. No pueden ser buenos católicos aquellos que permiten y alientan la depauperación y la esclavitud de sus semejantes, por muy grandes que sean sus crucifijos o donativos (bulas), por muy ostentosas que sean sus genuflexiones y plegarias. Y si la Iglesia Vaticana mira para otro lado, quizás deberíais explorar otras formas de hacer comunidad religiosa y/o mandar a esos intermediarios liberticidas a freir espárragos.
No sois quienes entienden las asociaciones como entes desmovilizados y decorativos, como meros instrumentos para la amortiguación del conflicto social, sino como una estrategia para lograr transformaciones sociales efectivas. Sois quienes se esfuerzan por mantener el contacto con otras organizaciones para apoyar reivindicaciones justas, los que hacen funcionar este espacio cotidiano de participación social horizontal sacrificando su tiempo libre de manera desinteresada. No sois los que ‘’meten la mano en la caja’’, sino los que apoquinan de su bolsillo. No estáis por estar: estáis por hacer.

Por qué no nos representan

Pongamos el caso de las elecciones generales: votas a alguien que normalmente no conoces para que vote a otra persona. Bien, existe un principio de representatividad, pero ¿bajo qué condiciones? No nos representan porque somos incapaces de reconocernos en ellos a causa de su corrupción y prepotencia, de su discurso malvado en formato infantil. No nos representan porque ignoran todo aquello que no provenga del exclusivo circuito de la casta política o tenga su aval. No nos representan porque votamos una cosa y hacen la contraria, porque prostituyen nuestro voto en coaliciones estrambóticas, no nos representan porque votamos en blanco o no votamos. No nos representan, porque la propia militancia de los grandes partidos es silenciada por sus élites, o se ha vuelto mansa y dócil ante ciertas prebendas.
Muchos ciudadanos votan por miedo: esa es la clave de fenómenos como el ‘’voto útil’’ o el ‘’voto de castigo’’, pero es la filosofía que subyace a la mayor parte de la abstención. Votas listas cerradas únicas, es decir, no eliges directamente a quién quieres que te represente. Y lo haces contando con unas reglas del juego completamente injustas, orientadas a la partitocracia y la centralización parlamentaria, obviando el debate y la transparencia en los procesos de decisión y designación de cargos públicos, normalmente muy alejados de una concepción amplia del bienestar social y la pluralidad ideológica, así como de la tan cacareada meritocracia. Aparte de las fórmulas de concentración parlamentaria impuestas por la Ley Electoral en contra de los partidos minoritarios (umbrales, Ley D’Hont, circunscripciones, formato de las listas…), cabe apuntar a una legislación que no prevé formas de control efectivo a los políticos y sus grandes decisiones por parte de la ciudadanía, lo que, en la práctica supone un secuestro de 4 años de tu opinión política, encerrada y resumida en un voto otorgado en condiciones a menudo poco transparentes y trufadas de promesas electorales no vinculantes. El voto en blanco o la abstención, pese a ser opiniones políticas, no tienen reflejo en la composición de los parlamentos. Y las labores del poder ejecutivo, legislativo y judicial ven contaminada su independencia funcional por efecto de la sobreextensión de la influencia del ejecutivo.
No debemos olvidarnos de la financiación: los grandes partidos cuentan con unos recursos humanos y económicos que los sitúan en una posición de privilegio respecto a otros. Tanto la financiación pública de la propaganda y de la organización en general (y no a cargo de su militancia) como el recurso a sospechosas fundaciones y otras formas de financiación privada establecen un circuito opaco de tráfico de influencias que contribuye a que una minoría adinerada tenga más capacidad de influencia política que el electorado entendido como masa y sustento del propio sistema. Esta situación tiende a perpetuarse por la propia inercia endogámica de las élites, bajo la mirada pasiva de una casta mediática que renuncia a su responsabilidad deontológica como ‘’ojo público’’ y garante de una sociedad informada.

La recuperación del debate robado: lo que también es ideología

Muchas temáticas que tienen relación con la gestión del bien común han sido entregadas a una élite tecnócrata cuyos procedimientos distan mucho de actuar en favor del bienestar colectivo. Desde la regulación de los flujos monetarios a la producción de semillas o los derechos de propiedad intelectual, la ideología neocapitalista es una compleja e intrincada tela de araña que cubre (casi) todos los aspectos de nuestras vidas. La red de explotación se sustenta en la acción conjunta de sus nodos, intensamente interconectados, y por tanto requiere una acción contestataria en todos los ámbitos de la vida social como única alternativa para atacar la situación actual de miseria, opresión y desmoralización. No existe ‘’el corazón’’ del sistema, lo único parecido es el dinero, su peculiar sistema linfático. Para cortocircuitar la explotación, se requiere una respuesta amplia en número y descentralizada en su aplicación: no basta con interrumpir flujos de mercancías o de capital financiero, tenemos que rescatar nuestra propia psique de los corsés culturales que nos han sido transmitidos y alentados para construir inteligencia colectiva. No basta con cambiar el sistema político o bancario, tenemos que cambiar nuestras vidas, nuestras mentes, nuestras actitudes. Pero sobre todo tenemos que hacer que cambien las de aquellos que nos han pastoreado hasta estos campos yermos. Y no podemos hacerlo conceptualizando el 15M como una especie de movimiento salvífico milenarista, sino como una plataforma reivindicativa plural e inclusiva con bases locales/barriales autónomas. No hemos inventado nada, y esa es la base del éxito cosechado hasta el momento: de forma transparente, libre y comprometida, hemos compartido nuestras opiniones y experiencias para construir movilizaciones, estructuras física y sociales, redes de comunicación y, sobre todo, un estado de opinión más crítico contra el cual los medios de desinformación y demás representantes del establishment libran una batalla sin cuartel. Pero hay que subrayar que los indignados del 15M no han salido de la nada, sino de un proceso de reflexión individual acompañado a menudo del apoyo a otras movilizaciones anteriores, o, en muchos casos, se trata de personas que pertenecen a las organizaciones que consideran oportunas de acuerdo a sus valores, aunque acuden a la asambleas y grupos de trabajo representándose únicamente a sí mismos, que es precisamente la esencia de este ‘’movimiento’’. Nadie en su sano juicio pensaría que el 15M puede o debe ser un movimiento único que centralice toda iniciativa social de este país, sino que debe ser un catalizador de iniciativas, en natural diálogo y coordinación cotidianos con otras organizaciones por cuestiones de operatividad y convergencia de intereses. Ciudadanos individuales, pero con lazos políticos más sólidos y mayor capacidad para movilizarnos cuando lo consideremos necesario. Ni secta virtual, ni ghetto, ni mitologías revolucionarias: simples individualidades en co-presencia situacional, redes descentralizadas capaces de in-corporarse localmente y actuar bajo una coordinación flexible, cada uno en la medida de sus convicciones, intereses y posibilidades.  El apoyo al 15M no implica una operación de suma cero respecto al apoyo a otras organizaciones, sólo es otra forma de sumar.
El voto se pierde en laberintos burocráticos, en promesas electorales vacías, en negociaciones de convenios con un carácter servil hacia la patronal y, sobre todo, en dinámicas invasivas de delegación y suplencia, que ofrecen una imagen deformada de la voluntad popular,  mientras poco a poco la gente va interiorizando esa imagen de sí mismos como propia con infinita mansedumbre, fatalismo y autoindulgencia. ‘’Somos los culpables de la crisis’’, nos lo repiten hasta que nos lo creemos, nos hacen sentir impotentes, sucios y culpables por ‘’lujos’’ modestos aquellos que disfrutan de fastuosas mansiones, agasajos protocolarios pantagruélicos y redes de tráfico de influencias que les garantizan abultadas cuentas en paraísos fiscales. Aquellos que promueven o consienten el deterioro de los derechos laborales, la estafa monetaria global o la mutilación de los servicios sociales son tan deshonestos y ladinos que intentan destrozarnos psicológicamente para que siga girando, cada vez más rápido, la rueda de la explotación y la miseria global. Hace unos años mirábamos con suficiencia a aquellos pobrecitos países ‘’en desarrollo’’ cuyo bienestar era materialmente imposible debido a la tristemente famosa deuda externa. Bien, esa deuda externa ha desembarcado en la Europa de los ciudadanos, mientras la Europa de la casta privilegiada político-económica es cada vez más y más rica, a la vez que contribuye en menor medida a las arcas públicas gracias al fraude en masa y los sistemas impositivos de carácter regresivo. Esa deuda externa está ahogando a Grecia, nos tiene la mano echada al cuello a los españoles y parece extenderse a países como Irlanda o Portugal…De momento. Por eso requiere una acción global de la sociedad civil europea. Y se oyen tambores de guerra contra el neoliberalismo en todo el mundo, pronto nadie podrá mirar para otro lado.
Las sociedades nos damos sistemas económicos para gestionar la distribución de nuestros recursos en orden a la satisfacción de nuestras necesidades. Son medios para lograr fines, no fines en sí mismos. Por tanto, debemos sustituir el culto acrítico al mercado por un juicio racional del modo en que responden a la misión encomendada, así como de las externalidades negativas de su actuación. La economía es esencialmente política y como tal, debe someterse a escenarios de decisión política democrática, no a leyes absolutas que operan de espaldas al bienestar general o incluso en perjuicio del mismo.
 No podemos aceptar el chantaje que imponen las grandes corporaciones empresariales y bancarias sobre la soberanía de los pueblos, no podemos aceptar mansamente unas fórmulas mágicas de ‘’ajuste’’ que sólo contribuirán a empobrecer aún más a la población. La crisis es una condición estructural del capitalismo moderno, una nueva forma de economía planificada indiferente a la responsabilidad social y los derechos humanos más elementales. Instituciones supuestamente públicas como el FMI, la Reserva Federal de EEUU o el Banco Central Europeo son responsables directos de esta situación, y quienes detentan cargos de responsabilidad en estas entidades deberían dar cuenta de esta política de agresión económica a las clases populares. Una violencia económica ejecutada con unos recursos que son el fruto nuestro trabajo y el de nuestros ancestros, y que tiene consecuencias palpables: hambre, desigualdad, depresiones, infravivienda, enfermedades, anomia y marginación social, por citar sólo unas cuantas.
Para recuperar la economía como espacio para el debate, debemos estar muy atentos a desmontar el lenguaje que protege dialécticamente los dogmas neoliberales. Por ejemplo, el ‘’rescate’’ financiero a Grecia es un secuestro de su soberanía nacional. Las ‘’medidas de ajuste’’ del Pacto del Euro son una excusa para la destrucción de la protección social. La ‘’flexibilidad’’ del mercado laboral es explotación consentida por el poder político. Nuestra primera batalla es cognitiva: debemos aprender del enemigo para no dejarnos engañar por sus cantos de sirena y sus lógicas paracientíficas, presentadas como verdades de sentido común, incontestables. Debemos discutirlas con audacia y contundencia, desde un profundo humanismo. Sólo identificando sus falacias y ayudando a otros a comprender la naturaleza sibilina de la explotación neocapitalista podremos plantearnos un cambio en nuestras pequeñas actitudes cotidianas, que, agregándose a la de nuestros iguales, produzca cambios sustanciales en las grandes estructuras sociales e ideológicas.
Queremos una economía que garantice nuestro bienestar, que respete el medio ambiente y se base en nuestros recursos y en nuestro trabajo, no en los flujos especulativos de capital ficticio. Un sistema económico que sea exponente de los irrenunciables principios de libertad, igualdad y fraternidad y sirva a su propósito: garantizar una vida digna a todo ser humano.

¿Tú qué estas mirado? ¡También te están robando!

Allí habéis estado siempre las bases. Las de aquellas organizaciones que desde un primer momento se han sentido identificadas con nuestras reclamaciones, pero también gente de las bases de CCOO, de UGT, de las parroquias de barrio, de partidos políticos, sindicatos y asociaciones de diversa índole. En primera línea, jugándoos el tipo con huelgas prolongadas, piquetes, manifestaciones, difusión (carteles, revistas, etc) y redes de apoyo mutuo que cubrían, demasiado a menudo, las deficiencias de los servicios públicos. Hicisteis ciudad, vecindad, democracia, encontrasteis nuevas razones en la razón de los otros para vivir luchando, a través del diálogo, la comprensión, la solidaridad y la perserverancia. Sabemos que lo hicisteis vosotros, militantes anónimos, y no sólo esas pocas figuras que podemos encontrar en los libros de historia. Por eso os elevamos esta llamada para que acudáis al auxilio de todos, que es también el vuestro. Y lo hacemos desde un punto de vista transversal, más apegado por el contenido que por las siglas que lo encierran o resumen: confiamos en que este país y este mundo están llenos de buenas personas como vosotros, de gente que desea una sociedad más justa y libre, y está dispuesta a trabajar por ella, a comprometerse en la lucha, cambiando su forma de vivir, de pensar, de consumir.
No despreciamos vuestra simpatía, pero nos parece muy poco exigente de cara a vosotros mismos, sabemos que sois capaces de aportar mucho más que una mera adhesión pasiva, y que ese ‘’vosotros’’ no es más que la expresión de un ‘’nosotros’’, por lo cual tenéis una gran responsabilidad. No sirve la delegación, no queremos que ‘’nos votéis’’, queremos que os auto-representéis de manera anónima pero estrictamente personal mediante la implicación activa en un proyecto común.  Sin vosotros, sin nosotros,  la consecución de una verdadera democracia económica, que garantice el ejercicio en igualdad de nuestros derechos y responsabilidades políticas y sociales no es más que una quimera. Si realmente la queréis ¿por qué no os paráis un momento a pensar qué podríais aportar?

Tu granito de arena

Buscad vuestras formas de participación, imaginad, aprovechad vuestras redes de relaciones para construir espacios de debate, como hemos hecho los jóvenes y no tan jóvenes que conformamos este creciente Movimiento 15-M. Recordad que estos espacios, fruto de una iniciativa espontánea y una filosofía de actuación anónima, horizontal y cooperativa, son también necesariamente vuestros, nuestros. Quizás vuestra vuestras circunstancias personales no os permitan resistir asambleas de 4 horas, ir a pegar carteles o hacer un seguimiento exhaustivo de primera mano de las iniciativas que se llevan a cabo. Pero eso no quiere decir que sois unos inútiles o que el 15M sea un tren al que ya no podéis subiros. Cualquiera puede subirse en cualquier momento, aspiramos a una toma de conciencia que se transforme en una voluntad incoativa efectiva, y para ello, desde las asambleas y también a título individual, se buscan formas de comunicar los contenidos y propuestas emanados de estos ‘’think tanks’’ callejeros. Pasaos por la asamblea de vuestro barrio, aunque sea un ratito, hablad del tema con vuestra gente, procurad ser críticos con los medios de comunicación, leed los carteles y octavillas que os lleguen,  intentad acudir a las convocatorias de movilización, en resumen: si estáis de acuerdo con que algo falla en un sistema que reparte su inmensa riqueza de manera tan inhumana, no esperéis a que lo hagamos todo ‘’los jóvenes’’, somos una masa crítica anónima, nuestra clave es la capacidad de movilización, pero nuestra capacidad para ‘’tirar del carro’’ tiene un límite. Muchas personas han estado semanas durmiendo fuera de sus casas, trabajando en la difusión, informándose, dialogando para consensuar propuestas, participando en acciones de protesta, compartiendo experiencias con compañeros de otros lugares de España y de todo el mundo. Cada uno lo ha hecho en la medida de sus posibilidades, desde una heterogénea gama de situaciones personales: parados, estudiantes, trabajadores y jubilados han hecho grande el 15M sacrificando de buen grado tiempo y energías, esforzándose por encontrar puntos de acuerdo entre personas que quizás han estado desunidas por siglas, pero que ven reflejados en los demás los valores que configuran su ética social. Queríais un impulso inicial, y ahí lo tenéis. Queréis propuestas concretas que vertebren las movilizaciones, y poco a poco se van afianzando en el debate público, que no siempre es el de los parlamentos o los medios de comunicación de masas. Bien, ahora os toca sumar, si os calláis secuestrarán vuestra opinión y la prostituirán en cifras huecas para justificar sus atropellos. Si no sumas, restas. Se trata necesariamente de un asunto global (entre países y entre grupos sociales) de los ciudadanos contra la casta que los explota, narcotiza y aplica contra ellos la violencia económica con el único fin de perpetuar su depravado y derrochador estilo de vida a costa de nuestra miseria. Queremos una democracia real, que necesariamente debe ir unida a un bienestar social real,  sustentado por una economía real, sobre el trabajo y no sobre la especulación financiera. Queremos un nuevo contrato social, este no lo hemos firmado. Queremos un sistema ecológicamente sostenible, que proteja la investigación científica, el medio ambiente y las libertades civiles, que nos permita vivir una vida plena y no nos sumerja en lamentables guerras fratricidas por intereses ajenos. Sólo pedimos el fruto de nuestro esfuerzo, una recompensa justa que nos ha sido arrebatada con estafas por parte de esos becerros de oro llamados mercados, sindicatos ‘’verticales’’ y parlamentos. Luchamos por algo importante, de todos y para todos, por los que estamos, por los que vendrán y en honor de quienes ya no están entre nosotros. LUCHEMOS TODOS UNIDOS.

jueves 17 de marzo de 2011

La Secretaría Fantasma

Una niebla espesa, que se alza desde el suelo hasta las rodillas, nos acompaña al entrar en el territorio de este sistema experto. La hiedra cubre el otrora aséptico mobiliario, su verde mortuorio devora el reconfortante gris de las estanterías y enraíza en la tapicería de las sillas. Los mostradores que aún quedan en pie componen una ordenada naturaleza muerta de material fungible y salvapantallas cansados de girar. Una puerta rota que chirría, el aire que silba furioso a través de los cristales rotos y el crujir de mis pisadas son las únicas amenazas para este silencio sepulcral. Son casi las 12 de la mañana de un miércoles laborable de marzo. Y tengo prisa. De forma súbita, esta alegoría fantasmagórica se desvanece cuando una tenue voz me da los buenos días desde el fondo de la estancia. La hiedra se retira, la niebla desaparece, todo vuelve a la normalidad. Pero esta normalidad no es menos descorazonadora que mi metáfora gótico-adolescente...

Sólo un 25% de los puestos de atención están en funcionamiento...Dos de ocho, por decirlo claramente. En uno de ellos, un profesor, elegantemente ataviado, le cuenta su animado fin de semana en el pueblo a su amigo de secretaría (a grito pelao, que no falte), al otro me dirijo, no sin antes preguntar a las tres personas de la cola, que esperan cariacontecidos a que la única funcionaria que conoce los arcanos secretos de la Erasmus vuelva ''del café''. Mi trámite es pequeño: recoger un título (no lo pienso llamar ''El Título'', por mucho que haya estado 5 años a la caza de esa cartulina) y consultar una convalidación. Tengo la suerte de topar con un funcionario bastante amable, que me soluciona razonablemente bien las cuestiones que están en su mano, aunque en un momento surge una duda, que va a consultar a su compañero, que sigue de palique con el viejuno profesor, ahora sobre las peculiaridades cinegéticas de la geografía rural de la provincia. Amablemente, el buen hombre que me atiende interrumpe la conversación y plantea la pregunta. Su colega, con parsimonioso desdén, le espeta ''espera un momento'' y sigue con la charla. Otros diez minutos. La cola va creciendo, mis ganas de matar aumentan y la persona que intenta hacer su trabajo intenta entretenerme y esconder un evidente sentimiento de impotencia y vergüenza ajena con una charla leve y cordial. Chiacchiera. Finalmente, el profesor se marcha ''porque tiene clase'', y su abnegado interlocutor le responde al mío: ''si, es como tu le has dicho, no pasa nada, pero que venga cuando XXX vuelva del café y le pregunte a ella por si acaso''.  Llego muy tarde a clase y XXX lleva tomándose el café como mínimo la media hora que llevo yo aquí. Me voy añorando esos 10 minutos de mi vida, malgastados al alimón entre una estúpida angustia y la represión de mis ganas de montar un pollo. ''Un día de furia 2'' podría empezar así.

Es una historia real, aunque esto no tiene mucha importancia: quizás no es más que un fruto de la casualidad o una mala interpretación del contexto por mi parte. No tiene por qué ser representativo. Pero, tristemente, no es algo extraño en mi experiencia de siete años en mi Facultad. Quizás si un caso extremo, una especie de ''tipo ideal'' oportunamente encarnado para dar pie a esta pequeña diserción sobre el sistema experto que gestiona el aspecto administrativo de mi vida académica. La reseña del pequeño capítulo que me gustaría haber escrito para ''La sonrisa de la institución. Confianza y riesgo en sistemas expertos'' (2006), de Ángel Díaz de Rada y otros.

Como sistema experto, el eje central de la relación de la Secretaría con los usuarios es la confianza. En este caso, es una confianza relativamente forzosa, en la cual la Administración y sus representantes representan en cierto modo una posición de poder, asociada a la posesión de información y a la capacidad operativa en torno a ella. Sin embargo, como servicio público de una sociedad democrática, no puede aceptar sin más esta posición de poder como tal, sino encauzarla hacia una dinámica de satisfacción del usuario mediante un trato cercano, transparente, profesional e informativo. No se trata de una implicación personal con nuestros problemas que no tenemos ningún derecho a exigir a cambio de nuestra difusa y supuesta contribución impositiva al pago de su salario. Más bien, me gustaría que ciertas dinámicas perversas fuesen erradicándose poco a poco de nuestro sector público, dado que son injustas no sólo para los usuarios, sino para el colectivo profesional de la Administración Pública en general, y por tanto una herida abierta en la legitimidad democrática de nuestras sociedades.

''Una herida abierta es pasarse'', podría usted objetar. Pero pensemos en la legitimidad democrática como un producto de consumo. Es muy banal, pero puede resultar ilustrativo. ¿Por qué compras el champú ''Democracia'' y no el buen y viejo ''Eau du Fascisme''? Digamos que Democracia te deja el pelo medianamente suave, no huele tanto a hospital y, por supuesto, te deja mucha menos caspa, aunque sea algo más caro. Es tu champú de toda la vida, te tiene ganado de partida, ya sabes que te va bien. Pero resulta que, día a día,  vas notando una extraña evolución: el precio del envase aumenta, pero el pelo se vuelve quebradizo, el vapor de la ducha se llena de efluvios sulfúricos y constantemente nieva desde tu cabeza. Para compensar este deterioro del producto, los frascos se hacen más pequeños: menos Democracia por más dinero. Primero te cabreas contigo mismo, después buscas culpables, al cabo de unos años tu engominada cocorota huele sospechosamente a hospital.

Volvamos a la democracia fuera de las droguerías. La mayoría de la gente está convencida de que se trata del mejor sistema posible, o al menos uno decentillo para ir tirando hacia otros horizontes. Pero la confianza no es gratis, no se hacen votos inquebrantables de paciencia incondicional, aunque a menudo sea la salida más fácil. La confianza, la legitimidad, se crean y recrean cotidianamente, en cada contacto con la Administración. Muchos de ellos serán satisfactorios: existen organismos públicos que funcionan muy bien, con programas coherentes, bien estructurados y con grandísimos profesionales en todos los sentidos. Un trámite bien resuelto es, por definición, algo por lo que ya no tienes que preocuparte. Por eso, el recuerdo de estas experiencias positivas tal vez es menor, suponiendo un sesgo hacia experiencias negativas que no tienen por qué ser mayoritarias, pero son más recurrentes en nuestra conciencia por suponer un conflicto.

Podemos hablar, al menos, de dos perfiles en la Administración Pública: el backstage, formado por aquellas personas que trabajan ''entre bastidores'', y el frontline, o caras visibles de la institución. De los primeros normalmente sabemos bien poco: son los que hacen que las cosas funcionen, pero no sabemos cómo, porque funciona bajo su propia lógica de gestión profesional del sistema experto. Realmente, la mayoría de nosotros no tenemos la preparación necesaria para llevar a cabo ese tipo de tareas, lo cual se conjuga con el valor de la centralidad para dar lugar a una delegación de funciones en el servicio público. Estamos más acostumbrados a tratar con el frontline, experto mediador, ya sea a través de nuestra experiencia directa o a través de los medios de comunicación.  ¿Qué es lo que vemos?

A través de los medios nos llegan noticias de escándalos, corrupción y mala praxis del colectivo de personas dedicadas profesionalmente a la política. A través de nuestra experiencia directa, percibimos muy a menudo comportamientos indeseablemente llamativos cuando acudimos a una sede a realizar cualquier gestión. Quizás una buena parte responda a problemas organizativos de orden superior, o tal vez se trate de desafortunudas contingencias. Pero el malestar que nos producen es el mismo.

Muchas veces es culpa nuestra: no siempre leemos bien las cosas, o se nos va la olla con los plazos, no sé, cosas de seres humanos al fin y al cabo, falibles y hermosos o siniestramente intachables. Y es obvio que mucha gente es incapaz de ser autocrítica en este sentido, y va a volcar sus frustraciones contra el frontline institucional en una especie de huída hacia adelante que no tiene ningún sentido. O al menos no debería tenerlo. Pero no conviene olvidar aquello de la delegación: si accedemos, aparte de porque no hay más tutía, es porque aceptamos nuestra condición profana en el sacro laberinto administrativo. Pero si para hacer cualquier trámite nimio tengo que convertirme en un pequeño experto en ese procedimiento burocrático, como sucede actualmente, no sé dónde coño está el valor añadido de pagar a otras personas (a través del Estado) para que hagan ese trabajo. Que me dejen solo y ya les mando yo los papeles, a la mierda las sedes, ¿para qué voy a ir a preguntar si lo primero que van a hacer es echarme la bronca por no haberme leído la información disponible entre 234 páginas webs distintas y no centralizadas, incluyendo enormes tochos del BOE y otros documentos jurídicos? Parecen decirte con desdén que todos los usuarios sois iguales, que en lugar de ''mili'', como antaño, deberían mandaros un año de estudio de la ciencia del papeleo para no estorbarles. Pero entonces ¿qué sentido tendría su puesto de trabajo?

Como no confío demasiado en mi capacidad explicativa, voy a hablarles de mi particular viaje iniciático, el periodo Erasmus, con la esperanza de que el ejemplo complemente mis difusas bravatas. Hace tiempo, le comentaba a un amigo que, a efectos de la sociedad española actual, haber superado las trabas burocráticas que supone irse a estudiar al extranjero es como volver a la aldea tribal tras tu viaje místico por el bosque con tu espíritu guía amaestrado para cargar con el pedazo de ciervo que has cazado a machete. ''¡Padre, Madre, miradme, por fin soy un hombre completo!''. Aventura pura y dura. Pocos conozco que no hayan pasado por lo mismo, y los envidio a muerte. Te dan una plaza y te dicen ''hazte el programa académico''...Dos universidades, ninguna te hace caso. A duras penas, te haces con la información y elaboras el convenio, te lo sellan y te piras. Pero siempre, siempre, te falta un papel. Las primeras veces pensé en dejar la bebida, después anotaba juiciosamente todos los documentos requeridos. Al volver a entregarlo, siempre faltaba alguno que nadie me había dicho, aunque se supone que sí, y como fue otra persona, la culpa es mía por defecto. El resultado: uno llega a un país extranjero y se encuentra con que la mitad de las asignaturas de un convenio firmado por ambas universidades no se imparten en el lugar de destino. Hay que hacer cambios de matrícula también en origen, pero estos afectan al propio convenio de una manera que nadie conoce demasiado bien y...En fin, la espiral no para de girar en curso y medio. Paso de contar mis movidas que a nadie le importan, pero llegas al puro hastío, pasas horas leyendo documentación que se supone que otra persona podría explicarte en minutos. Vas a mil sitios a la caza de mil papelitos que parecen las llaves del Super Mario. Estás sólo, no eres más que una cifra más para la medallita de dos universidades que se las van a dar de internacionales porque intercambian plazas como quien intercambia cromos, abandonando a los estudiantes a su suerte.  Por cierto, 26/30=6/10. Baremos ¿pa qué os queremos?

Lo relevante no es que tenga que dedicarle tiempo a tareas engorrosas de tipo burocrático, eso lo tengo más que asumido. Me jode que lo sean mucho más a cuenta de un sistema torpe y poco transparente, o de personas que no hacen bien su trabajo. No me cabrea tener que leerme las bases de una convocatoria, porque sería ilógico no hacerlo, pero me toca las narices cuando estas bases no se sintetizan, sino que se presentan en bruto, entre mareas de información que no es para mí y en un lecto incomprensible para el común de los mortales. No me jode tener que aguantar una cola porque hay mucha gente en mi situación que ha llegado antes: me jode que la cola no avance porque hay funcionarios con el cartelito apagado comentando la jornada de liga o cualquier otra movida en lugar de trabajar, innumerables cafés eternos e incluso preferencia de paso para conocidos. No me fastidia que la gente cometa errores, pero me da tanto coraje que se toquen los huevos a costa de mi bienestar...

viernes 4 de marzo de 2011

The Thinking Dead

Nos enfrentamos a una horrible plaga de sosos, creados a medida de un soso consenso democrático entre sosos y mangantes, y también mangantes sosos. Hay quien dice que este es el ocaso de una humanidad condenada a la guerrilla y a los más rigurosos frenos malthusianos. O un pantallazo azul en Matrix. Pero hay otros, los más, a los que no parece importarles. Quizás porque resulta demasiado duro enfrentarse a la verdad, quizás porque ya es demasiado tarde para ellos...

Ir al rebufo del éxito de Walking Dead dándole a esta entrada el título que tiene no es casual. La serie me gusta, al igual que el cómic me gustó en su día (seguramente me haya quedado atrasado, pero no es un drama), y bueno, tratándose de zombies, no soy demasiado exigente, pero hay que reconocer que la historia tiene su gracia y los efectos especiales son muy buenos. Pero principalmente, uso la metáfora de los zombies ganando por puro número porque me parece muy ilustrativa de las democracias actuales. Sólo en la manada existe el sentido: el ente (la infección) se encarna en los caóticos movimientos de nuestros amigos los no muertos, una trama cuyo único eje argumental es la sed de sangre, buscada individualmente pero aprovechándose del grupo y contribuyendo a través de su competitividad por los recursos a las ventajas del trabajo colectivo. Sólo un enorme zombie sindicalista negro, como en Land of the Dead, puede poner orden a este sindiós. Y de todas formas, ese orden sería sólo una forma de postergar el horrible momento en que se aburran de comer carne humana, o en el mundo no queden más que zombies y se den cuenta de que no son más que una corrupta e incompleta forma de vida derivada de las peores pesadillas de una raza humana sin la cual no pueden sobrevivir. Cosa que no sucederá, porque los zombies de autoconciencia van flojetes. Esta entrada no va sobre seres putrefactos, vulgares y destestables. Bueno, sí, pero al menos no tienen por qué oler mal. Los únicos muertos vivientes viven en sus cráneos. A simple vista, son iguales que nosotros: misma disposición anatómica, habilidades y procesos cognitivos propiamente humanos, genéticamente compatibles para la producción de descendencia  fértil...Pero nunca encontrarás un brillo de inteligencia en su mirada, por sus raquíticas meninges fluirán pesadamente las nutritivas gracias de Atenea, pasando en último término a la vejiga para ser meadas ante la imposibilidad de metabolizar nuevos modos de entender las cosas. No encontrarás en su discurso un argumento complejo que no haya sido meramente memorizado, no podrás dejarte llevar por un diálogo imaginativo que te exponga a la dimensión meta de tu forma de pensar, sintiendo que te hace crecer. Tal vez puedas aspirar a la cordialidad, confiar en su labor de engranaje en tareas rutinarias, valorar algunas de sus disposiciones morales y conductuales elementales en su justa medida, pero cualquier líbido intelectual se ahoga en el inquietante vacío de esos ojos sin la inapreciable, sutil y subjetivísima chispa que revela un pensamiento multinivel.





Ojeando siniestras publicaciones subversivas y amarillentos manuscritos en mi lóbrega biblioteca, he llegado a trazar un pequeño inventario de posibles causas de la situación actual. Huele a tabaco rancio apagado en tazas de café reseco, llevo días sin atender los imperativos más elementales de mi biología y el complejo diagrama del desgastado pizarrín no es más que un sombrío balcón que da a mis paranoias y miedos más pulsionales.Pero antes de quemar todo lo escrito en un arrebato de locura, me tomé la precaución de pasar las notas a ordenador, y aquí van algunas hipótesis...


Primero pensé que a alguien del futuro le hizo más gracia ''Idiocracia'' que su propio presente, y viajó en el tiempo para instalar su software de oligofrenia en el sistema de recompensas sociales. Pese a mi inquebrantable confianza en la estupidez de la humanidad futura, muy pronto descarté esa hipótesis, ya que la íntima fascinación ucrónica por ''Ay, mis huevos'' no debería suponer un especial aliciente en el futuro que estamos cultivando, que, a la vista del presente, tiene pinta de ser lo suficientemente dantesco como para paralizar la imaginación como simulación de la experiencia en pos de la lucha directa por la supervivencia en un entorno hostil .''Ha habido hostias y las habrá por pura gimnasia desde los monos hasta La Guerra de las Galaxias''.
                  



¿Podría ser consecuencia de una maldición nativa? ¿Habremos abierto una pajarería encima del cementerio embrujado equivocado?. Suena bonito, pero ¿nativos españoles?...Por favor, seamos serios. Nuestras romerías molan mucho menos que el ''kula'' trobriandés, sólo somos europeos algo exóticos y nuestros ectoplasmas tienen mejores cosas que hacer, como psicofonías o poltergeist. Pero tal vez la pista histórica no es del todo mala: imagina que estás en la Edad Moderna (nada que ver con gafas gigantes y ropa rara, POR FAVOR) y no tienes nada mejor que hacer que dedicarte al oscurantismo, y un día, cosa que le puede pasar a cualquiera, encuentras un vetusto códice demonológico, recitas algo en una lengua desconocida y, cuando te quieres dar cuenta, has cabreado a algún Leviatán y condenado a los ciudadanos de tu naciente país a la tontuna eterna. Podría ser esto, dado que llevamos desde entonces haciendo el anormal mientras otras sociedades de nuestro entorno se dedicaban a cosas productivas, pero es una hipótesis que excluye una vida inteligente que, si bien no es la constante máxima, brilla con luz propia: muy torpe tendría que ser el jodido Leviatán para que se le colasen en la cosecha del cerebro reseco Valle Inclán, Manuel Castells, Miguel Delibes, Santiago Ramón y Cajal y un largo etcétera.


La última idea  que me rondó la cabeza fue la de los hombres vaina. Básicamente, porque estaba viendo ''La invasión de los ladrones de cuerpos'', y, oh destino, por un momento pareció que alguien tenía un plan mandándome a la ciencia ficción cincuentera. Que no haya visto vainas para copiar humanos no quiere decir que no existan, ni mucho menos, es más, si yo fuese Iker Jiménez insistiría en la existencia de una conspiración extraterrestre invisible para robarnos eso que llaman ''el alma'' y convertirnos en mera eficiencia biológica desnuda a través de vainas clonadoras. Luego añadiría barroquismo ambiental y dudas sospechosas, para acabar dirigiendo a la audiencia de uno u otro modo hacia el circuito comercial maguf... perdón, hacia los honrados profesionales de la ''ciencia de vanguardia''. 

Por si alguien es tan iletrado y loser como yo hasta la semana pasada, y no ha visto la película, cabe recordar que hay una parodia-homenaje de Los Simpsons sobre ella, lo cual en el fondo no es mucho decir, porque a la bendita serie se puede acudir ante cualquier tema de conversación. Del mismo rollo que la película va, también, un temazo de los Def con Dos llamado ''Fin de siglo''



La hipótesis no era del todo mala, al fin y al cabo. Sólo hay que desembarazarse de molestas alforjas como la coherencia de las cadenas causales, la lógica experimental o la falsabilidad y dejarse llevar por lo sugerente de un mundo en el cual las personas normales resultan aún más inquietantes que molestas.Pero no se asusten, esta hipótesis no deja de ser una superchería sin sentido, no hay ninguna amable y ultradesarrollada potencia del espacio exterior con tan buenas intenciones respecto a nosotros. Sería tan estúpido como pensar que esos atractivos y eficientes alienígenas han modificado la entrada original porque el autor se estaba pasando de listo al sacar sus oscuros secretos a la luz de la opinión pública. ¡Ni siquiera el más tonto de mi lejano planet...digo pueblo podría creerse algo así!.


Cualquiera de estas explicaciones sería preferible a la raíz real del problema. Se trataría, al menos, de enemigos concretos. Y su explicación sería mucho más entretenida. La mediocridad formaría parte de un malévolo plan, o al menos sería el horrible producto de una metástasis social...En todo caso, algo extirpable con mayor o menor dificultad. El problema aparece cuando estos fallos no revelan un funcionamiento anómalo del sistema de recompensas sociales, sino que constituyen la base del mismo, una expresión de su más profunda idiosincracia. La máquina de hacer profesionales no hace idiotas por error: es una máquina de hacer idiotas de la que, casi casualmente, sale de vez en cuando gente genuinamente brillante. La mayor de estas máquinas se llama ''universidad''.  Se trata de instituciones para la creación y el fomento del conocimiento, y vaya, pues en esa dirección mueven muchos recursos y actividades que contribuyen a esta función. Pero el eje central, los estudios de Licenciatura, ¿qué te da, salvo en casos muy técnicos?

En cierto modo, te lo dan todo. Te ofrecen referencias, te dicen ''vete a los libros'', y ese enunciado te sirve para ser docto en cualquier cuestión que te propongas. Te ayudan a situarte en una marea de producción intelectual especializada como espectador consciente de sus claves interpretativas. Participas en clases, prácticas y exámenes, estudias, lees, escribes. Y es así como se aprende, no subiéndose encima de la mesa a gritar ''oh capitán, mi capitán''. Básicamente, estudiar es leer y escribir, aprender dejándote enseñar, comer teorías y cagar análisis. Garantizar un acceso prácticamente universal a este ámbito es una de las mejores cosas que puede hacer un Estado en favor de la igualdad social en el interior de sus cochinas fronteras.

El problema no es que el periodo universitario no pueda ofrecerte una madurez profesional e intelectual razonablemente coherente con el entorno socioeconómico. El problema es que con un mojón reseco dentro del cráneo puedes superarlo, y por tanto, certificar esta madurez al menos de manera oficial, que a efectos de la Administración Pública es la única que existe. Quizás se cumple con un criterio de igualdad de oportunidades, pero a costa de vaciar de significado la nota del expediente, el supuesto instrumento de medida-recompensa de las capacidades del alumno.

''Con esfuerzo basta'' es el lema de la universidad presencial que yo he vivido (vivo). Si te esfuerzas, apruebas. Si te esfuerzas mucho, sacas buenas notas. Si te esfuerzas muchísimo, sacas unas notazas del copón. Una progresión lógica en la que cualquier persona puede encajar. Lo que no encaja es lo siguiente: si la cosa va por horas invertidas, y no por su PRODUCTO intelectual, ¿por qué no nos hacen fichar en la biblioteca y en clase, y se dejan de vainas?. Cuanto más tiempo, más puntos, así de simple. Llevemos esta lógica al mercado laboral: encargas dos mesas, una de ellas te llega en un tiempo razonable, y tiene unos bonitos acabados y un aspecto bastante robusto. La otra es un amasijo inestable de clavos oxidados y madera podrida que te entregan al cabo de dos años, eso si, muy bien envuelta en papel de regalo. ¿Por cuál estarías dispuesto a pagar más? Seguramente, por la primera, por el trabajo bien hecho. Pues en la Universidad, se paga más al segundo: pobrecito, encima que la tarea que al primero le ha costado dos semanas, a él le ha llevado dos años, no vamos a penalizarle. Habrá que pagarle esos dos años de duro trabajo, aunque el resultado sea un birria, porque se lo ha currado. Y echando cuentas, dos años son más días que dos semanas...

Básicamente, los programas académicos valoran como ''aspectos prácticos'' la mera asistencia a clase y la realización de prácticas que es casi imposible suspender a poco que las presentes en el plazo establecido y con la extensión y formato exigido. Eso es un cinco, aunque el contenido del trabajo sea un auténtico desastre impropio hasta de un niño de doce años hablando del tema que te piden analizar (frases inconexas, plagios, faltas de ortografía, estructuración delirante, nula profundidad conceptual). Se llega al siete con una redacción estructurada con cierta coherencia o con un análisis bibliográfico sobrio pero poco crítico...O quizás con un trabajo bien orientado, pero con fallos técnicos o escasa dedicación. A este espectro valorativo lo llamaría ''el 5 objetivo'', por debajo del cual no se certifica en ningún caso una madurez intelectual propia del periodo universitario. Por lo general, hasta las notas superiores al 8, en las prácticas no se produce una gradación objetiva de la calidad del resultado del esfuerzo invertido, sino de su volumen. Vale con haber leído sobre el tema que expones, da lo mismo si has sacado tus propias conclusiones (el teórico objetivo del trabajo práctico); basta con que se note que has leído, aunque no te hayas enterado de nada. Y, de todas formas, es muy probable que cuele ''echarle gaseosa'' al trabajo, diluyendo conocimientos irrelevantes en masas de diarrea verbal, y jugando a la picaresca con los interlineados, los márgenes, el tipo de fuente...Que se vea que le has echado horas, aunque no te hayan servido para mejorar en absoluto ninguna de tus capacidades, salvo, quizás, la de dar penita al profesor. Un larguísimo tostón puede ayudarte a sortear esa barrera de protección ante mentes planas que se supone que es el sobresaliente, la teórica garantía absoluta de la calidad del contenido del trabajo. Tomando la noción anterior del 7 como ''cinco objetivo'', podemos imaginar que de algún modo se encadena en las calificaciones siguientes: el 8 sería el auténtico notable solvente, pero sin pasarse, el 9 sería un notable alto y sólo el 10 la matrícula de honor. En resumen: ni el notable ni el sobresaliente son categorías fiables en la calificación de los trabajos, han perdido su espacio valorativo-conceptual propio, al igual que el aprobado. Sólo el suspenso y el 10 son plenamente coherentes con el baremo de su aplicación. Hay sietes que son cincos en calidad mezclados con sietes que lo son de verdad, y así hasta el 9.

Bueno, pues ya tenemos aprobados los créditos de la ''parte práctica'', esa que se supone que garantiza la aplicación de la teoría de la asignatura en contextos reales. Hemos podido sacar una nota decente sin enterarnos de gran cosa sólo a base de picar piedra. Es mucho más fácil callarnos la boca con una calificación honrosa que hacernos entender que a lo mejor hemos trabajado mucho, pero mal. Es mucho más fácil reflejarlo de forma adulterada en una calificación que hacerlo de forma objetiva y explicándonos las causas para que podamos mejorar en ocasiones posteriores. El ''buen alumno'' es, simple y llanamente, sumiso y trabajador, los criterios de excelencia técnica son algo secundario. Y la mejor forma de confirmarlo es exigiendo memorística pura y dura en los exámenes: el razonamiento es mucho más difícil de valorar que el recuerdo, mucho más complejo: no basta con la aparición de ciertos datos sin disparates entre medias, sino que, de algún modo, se debe reflejar una comprensión de lo estudiado que es imposible juzgar en base a la mera repetición de la información que se da como apuntes. En la mayoría de los casos, lo que se valora principalmente es recordar ciertas informaciones en el momento del examen, da igual cómo. Esto es muy ''democrático'': cualquier persona que se machaque a estudiar se aprende las cosas de memoria y saca un diez sin complicarse la vida con interpretaciones. No todo el mundo vale o quiere valer para eso, pero las normas están bien claras: memoria=éxito. Si además razonas lo que has memorizado, mejor para tí...en un sentido emocional, metafísico, vivencial, interior, casi mágico. En otras palabras: mérito gratis para el sistema educativo, no te va a pagar con más puntos que a un ''hombre libro'' como los de Fahrenheit 451, lo cual a fin de cuentas significa que a efectos legales, los que te posicionan jerárquicamente en el mercado laboral, vale lo mismo que seas una mula de carga de información o alguien capaz de tener sus propios recursos y autonomía intelectual. Digamos que en un examen universitario de teoría, normalmente, puedes sacar un 10 al que no te acercarías ni en broma si te repiten el examen una semana después (con suerte, te queda un 7). Nada garantiza tampoco que, a igual materia, sacarías la misma nota con otro examen: el factor aleatorio se carcajea muy a menudo con sus caprichosos vaivenes.

Bueno, pues ya hemos superado la parte práctica y el examen. Pongamos el caso de que soy uno de esos robots memoriones, y voy a irme de vacaciones con una sonrisa en forma de sobresaliente. Ayer me preguntaron mis padres de qué iba aquella asignatura, y me asusta pensar que la gente pueda ser tan exigente como para pedirme que recuerde algo de una materia que acabé de estudiarme hace dos semanas. Es decir, si al menos fuesen profesores y me estuviesen poniendo nota...De todas formas, respondo con desgana limitándome al título de la asigntaura. Ya forma parte del pasado. Ya puedo volver a hacer como si nada hubiese pasado por mi cabeza. Mi colega ''el Pantuflas'', que ha suspendido, viene a verme la semana antes del examen de septiembre. ''Tronco, explícame esto que cayó en junio...y tu sacaste un 9''. Me limito a leerle los apuntes, pues yo no hice otra cosa y mira qué bien me fue. Al día siguiente, aparece una noticia en la prensa relacionada con una de las preguntas de tu examen. No tienes especial interés ni una opinión mínimamente formada al respecto: apenas recuerdas datos anecdóticos, y serías incapaz de explicar el fenómeno a un ''profano'' con tus propias palabras. Tu sobresaliente certifica un conocimiento que se ha ido por el sumidero en menos de 100 días. No vale una mierda, sólo habla de tu carácter constante y trabajador, pero esa es una base, una herramienta, no un fin para el universitario. El fin es tener una capacidad de comprensión e interpretación de la realidad estudiada. Y tu no tienes ni para hablar dos minutos del tema, pero según tu expediente, eres un fuera de serie en ese ámbito. ¿Cómo nos engañaste a todos, bribón? Sacaste un 9 en el examen sin llegar a comprender lo que repetías una y otra vez, y de ahí un 75% de tu nota. Sacaste un 8 en la parte práctica con dos trabajos mediocres, calificados con un 7 por su volumen de páginas, y un 10 en asistencia (leyendo el As en el portátil, pero en clase al fin y al cabo). Llegaste al despacho del profesor en día de revisión a certificar que las décimas que te faltaban para rubricar tu excelencia no supondrían un problema, mientras otros esperaban para revisar su examen en serio. Y si, tu ''ocho y mucho'' se hizo 9, ''sobresales'' en la materia, aunque no tienes ni puta idea. Y así acumulas docenas de asignaturas, apiladas en un expediente inmaculado que pronto te dará de comer. Eres un insulto a la meritocracia y una alabanza al darwinismo: quizás no eres ''el mejor'' titulado en aptitudes científicas, pero eres la rata más lista de las cloacas burocráticas, un ser funcionalmente adaptado al ecosistema universitario que no tiene ninguna posibilidad de supervivencia fuera de aquellas actividades en las que se ha especializado: la memorización repetitiva, el resumen acrítico y la conceptualización a brochazos con el palillo entre los dientes. Quizás pronto te sirvan para llegar muy alto en el mundo profesional, especialmente en el académico. Lo tienes a huevo para hincharte a becas con tu nota media de la hostia. Quizás consigan suplir tus carencias y convertirte en un profesional de verdad, como se supone que debería haber hecho la licenciatura. Aunque tampoco es descartable que te dediques durante su disfrute a los mismos hábitos inanes de trabajo intelectual de baja estofa, sin mejorar significativamente tus aptitudes, pero que una conjunción de coyuntura adecuada, lengua en ojetes y pavos en el horno ajeno te acabe llevando a dar clases en la universidad. Se cierra el ciclo: ahora TU eres la referencia para examinar a los alumnos. Consideraste que la memorística y los trabajos al peso eran la panacea en tu época de estudiante, y ahora puedes imponer ambos yugos a tus alumnos ''por su propio bien'', haciéndote mucho más fácil la evaluación. La mediocridad del resultado está lista para perpetuarse y hacerse cada vez más fuerte. Por fortuna, algunas de las personas que aceptan ''las reglas del juego'' son, además de estajanovistas de la memoria, gente que realmente sabe lo que hace. Que memorizaron, que cumplieron con los criterios formales, pero no se quedaron ahí: realmente ENTENDIERON aquello que estudiaban, lo integraron aprendiendo a pensar por su cuenta y, poco a poco, a enseñar a pensar a los demás.  Ellos son los agentes principales del progreso científico, los genuinos profesionales, las únicas personas en las que se debería confiar la formación de los estudiantes.


El ejemplo anterior terminaba con su detestable protagonista en una brillante atalaya académica de por vida, pontificando la mediocridad y ejerciendo de lo que no es. Pero es sólo un caso extremo: no todos los ''robots académicos'' son tan eficientes o ambiciosos. A la mayoría de ellos les vale con aprobar la carrera e irse a molestar (ergo trabajar) a otra parte, que, de todas formas, no tendrá demasiado que ver con sus estudios anteriores: tendrán que hacerse un profesional a medida empezando casi de cero, porque los muy botarates no respiran fuera de la pecera universitaria en la que se han pasado unos 5 años, y con dinero de por medio no hay ''puntos por asistencia a clase'' o ''tu trabajo es una mierda, pero te apruebo por esforzarte''. Hay plazos, objetivos organizativos, jefes y clientes. Un mundo real para el que se supone que te capacita la licenciatura, si acaso complementada con un breve periodo iniciático, pero que te resulta raro de cojones como te pidan algo no mecánico, porque en el fondo sólo sabes hacer eso o fingir que haces algo.

Parece que no hay víctimas entre los estudiantes, pero no es así. En parte, son verdugos de si mismos, pero en muchos casos también se trata de personas muy válidas para propósitos profesionales, pero altamente desmotivadas por el sistema de enseñanza. Gente que se siente desplazada, convencida de su vocación, pero que no acepta el modo en que su formación supuestamente ayuda a desarrollar su faceta profesional. Un vacío medios fines: fase uno robar calzoncillos, fase 2... y fase 3 ganancias, como ya decían los gnomos robacalzoncillos, aunque ellos eran muy felices con este vacío (South Park, 2x17)  


 

Es decir, los desafectos empiezan a pensar: ''quiero ser lo que se supone que la carrera me enseña a ser, pero no así''. Y llegado a ese punto, su recurso más fácil será el progresivo abandono de las rutinas de trabajo establecidas, cultivando un leve criticismo a través de la mera supervivencia académica (si no se abandona el barco a las primeras de cambio), en espera de ''aprender de verdad y por mi cuenta cuando ya esté titulado''...Algo que, por otra parte, no tiene por qué suceder, dado que la resignación a menudo genera una falta de interés que tiene consecuencias directas en las actitudes y capacidades: te cansaban las cosas que te mandaban, querías más acción, ''haberme dado un arma''. Pero mientras tanto, te dedicabas a ratear y sobrevivir fumando colillas, a aprobar de chiripa, pero eso sí, mirando por encima del hombro a todos los demás, que algún día no serían más que mierda en tus tacones. Te olvidabas de algo: aprobar no equivale a aprender, y por muy buenos mimbres que tuvieses, tu cesta es una mierda y eres parte del problema.

La otra opción extrema es muy nietszcheana: el superhombre haciendo sangre en el culo al sistema que odia. Superando con solvencia requerimientos que le parecen estúpidos sólo para demostrarse que lo son, haciendo orfebrería con cada idea en un mundo de plastiquete malo, siendo tan odiosos en sus principios como irreprochables en sus procedimientos. Esta opción supone una intensa gimnasia mental: la que te proponen y la que tu consideras necesaria necesitan su tiempo. Déjalos boquiabiertos, y cuando tu brillante expediente se haga más grande que tú, límpiate el culo con él, hazlo añicos, quémalo y sopla las cenizas sobre la concurrencia. Una bonita manera de amenizar la entrega de los Premios Nobel y jurarte que tu única tarea y recompensa es la duda metódica, que brillen los focos entre sus académicas posaderas, que decidan quién es el más chachi de su pandilla de pijos elitistas mientras se limpian las migas de canapé de la solapa del frac, se ajustan los monóculos y le imponen al mundo su estándar de genialidad. Te importa una mierda, sólo quieres hacer bien tu trabajo, ser un Sísifo que mueve la roca con una tonta sonrisa, derivada de la quimérica esperanza de poder pegarse una ducha y sentarse a echar un pitillo al pie de la colina en algún momento de su vida. Pero seamos serios, hay que tenerlos como el caballo de Espartero para no caer en la desidia, y de estos genios con capacidad de trabajo hay muy pocos. Mi más sincera enhorabuena, cabronazos, qué envidia.

Normalmente, el desafecto crítico se queda en algún punto intermedio entre Carpanta y Superman, los dos extremos antes descritos. El carácter, el entorno y la ''potencia'' de su ''hardware'' mental suelen determinar dónde. Pero siempre tendrán la desventaja de ser valorados en función a su adaptación al rutinario ecosistema universitario más que a criterios de excelencia técnica, con los que quizás obtendrían mejores resultados. Son evaluados principalmente como robots, y van a la bolsa de trabajo de robots, se supone que deben hacer cosas de robots, y bueno, si alguien los quiere utilizar para otra cosa, allá ellos...

     

No me gustaría acabar esta entrada sin advertir mi repulsa por el clasismo intelectual: no se trata de despreciar a los estudiantes con menos conocimientos u oportunidades, y mucho menos a aquellas personas que han decidido dedicarse a otras cosas. Hablo de la necesidad de un sistema más justo y eficiente para la creación y evaluación del capital humano, y de la siempre irrenunciable necesidad de ser exigente con uno mismo, pida lo que pida el entorno. En resumen: defiendo la necesidad de un pensamiento crítico, pero este tiene mucho más fácil la supervivencia en un entorno favorable, y por ello creo que se debe ayudar a su difusión desde el sistema educativo, convirtiéndolo en el criterio central de evaluación y devolviendo al trabajo de acumulación de información su carácter instrumental.

miércoles 23 de febrero de 2011

Mi loa a Boas


Este es mi ridículo homenaje a un maestro de maestros, un hombre que supo sintetizar su visión de nuestra especie en una noción teórica incontestable, con un enorme reservorio empírico de respaldo: la noción de la ''unidad psíquica de la especie humana''. Una explicación que basa nuestra igualdad cognitiva en la capacidad innata para la diferencia. En fin, una forma de entender las diferencias entre seres humanos tan acertada, objetiva y potente que deja anticuado cualquier racialismo anterior, contemporáneo o posterior a ella, exigiendo su condena explícita como una condición ética e intelectual indispendable para todo antropólogo. Respect, Franz Boas. Respect.


Ensucia tu fenotipo, escupe a tu gentilicio. Good bye, white pride.

miércoles 9 de febrero de 2011

Peor que la rabia

Nada me parece más bochornoso, pero voy a dedicarle unas líneas a los tristes devaneos por la segunda división del fútbol español (paradójicamente llamada ''Liga Adelante'') de un club otrora respetable, al menos en el aspecto deportivo. Pero allá vamos, porque el gato (blog) es mío y me lo follo cuando quiero.

¿Es tan bochornoso dedicarle una entrada a esto? Francamente si. Primero, porque la situación en sí es un generador de desinterés...en personas  voluntariamente interesadas. Segundo, porque aun vencido ese desinterés, el público potencial es bastante escaso, y el resto de la gente puede hasta encontrar molesto que le dé la paliza con uno de los cientos de clubes deportivos de similar estátus que hay en el mundo. Por último, aunque no por ello menos importante, porque se trata de algo tan podrido y hasta cierto punto accesorio como el fútbol profesional. Con demasiada gente dando vueltas siempre alrededor de los mismos gastados ejes de la prensa rosa futbolera, antes llamada deportiva. Con demasiado trastornado yendo al estadio a comportarse como un demente refugiado en el relativo anonimato de la masa. El fútbol es, tal vez, el fenómeno mediático más sobado, prostituido y ultrarrepresentado de la España actual. Un fútbol muy concreto: liga ''a la escocesa'', polémicas extradeportivas y redundancia en detalles cotidianos nimios de los divos del balón; dejando de lado, salvo honrosas y contadísimas excepciones, el análisis técnico, la reflexión en perspectiva y la información sobre la actualidad de cualquier equipo que no sea el F.C Barcelona, el Real Madrid o el Atlético de Madrid. En resumen: ODIO ETERNO AL FÚTBOL MODERNO.                                             
Tras esta breve diserción general, parece que hay algo de ''miga'' para el análisis sociológico en la crisis de una banda de cutres y los pardillos que la sufren -esperemos que de forma disociada de su estado emocional general-más o menos porque les da la puñetera gana. Pero tengo todavía otro pequeño truco del oficio: ponerle un nombre de moda para darle cuerpo al concepto. Que tenga gancho, sea flojo o no.

''El Zeitgeist de la Era Suárez'' resultó ganador, siendo finalista ''De cómo el Pucela da todo el asco''. Zeitgeist porque siempre me pareció un concepto curioso y porque anda reciente la tercera parte del documental homónimo, quizás la más potable de las aparecidas hasta ahora, pero tozuda en algunos de sus puntos argumentales más flojos.

El Real Valladolid, como tantos otros equipos de la LFP, surgió en los años 20 del siglo pasado. Unas décadas después, a mediados de la centuria, era un club con cierta pujanza, que atraía talentos de las región, aportaba internacionales con cierta regularidad y empezaba a consolidarse como equipo de primera división. Un equipo con fama de aguerrido que jugaba en un estadio ''revoltoso'' como el viejo Zorrilla, de donde no era fácil sacar puntos. Pero ese es un fútbol vallisoletano que no conocí. Salvo contadas temporadas, 3 o 4 quizás, mis 15 años de abonado han sido una mezcla de sinsabores de todo tipo: directivas pasotas, juego mediocre, entrenadores sin personalidad, ausencia de proyectos deportivos coherentes, fichajes sospechosos y venta de los jugadores que ilusionan a la media temporada de empezar a despuntar son sólo algunos de ellos. En el fondo, nada peculiar. La sensación de lejanía, el desinterés por una comunicación transparente y sólida con la afición, el deterioro del Estadio y alrededores son pequeñas puyas que podrían ignorarse si el ''bloque'' deportivo funcionase, pero cuando ni siquiera existen señales de reacción, aparecen como tomaduras de pelo puras y duras. La ausencia de ''inputs'' positivos hace que, poco a poco, el rol de consumidor tome el mando, relegando al de aficionado. Y el consumidor es el ''poli malo'', no el niño indulgente por enfermiza ilusión y plenamente accesible al chantaje emocional. El consumidor exige, ve al club como una empresa de ocio rodeada de un entorno competitivo de empresas de ocio con las que perder su tiempo: o el club-empresa ofrece algo, o se queda sin cliente, al menos temporalmente. 

El Zeitgeist del Nuevo Zorrilla (el termómetro de nuestra afición), nuestro ''espíritu del tiempo'' ya no es la rabia, ni siquiera la pura resignación fatalista. Es algo bastante peor, un híbrido de ambas llamado desafección amarga, pues no se produce de forma natural y gradual, sino como una interrupción brutal, vivamente autoconsciente y casi inmunológica del interés. El silencio que prefiere  mirar al verde que a sus jugadores, la leve desaprobación, espasmos de rabia mezclados con el ansia de encontrar algo que rescatar entre los escombros. Si hiciese una entrada sobre el Zeitgeist de la juventud española, podría acabarla con sutiles retoques a este último párrafo.

sábado 5 de febrero de 2011

8 razones para tener un blog (y no actualizarlo en la puta vida)

¡Telarañas fuera!

¿Y por qué ocho? Porque hay más razones para tenerlo al día que para no tenerlo. Porque necesitamos casillas en blanco para escribir nuestra historia.  Porque todos podemos perseguir nuestras ilusiones alzando la vista hacia el vasto horizonte y encaminándonos hacia él con una maleta llena de sueños. Porque iban a ser diez, pero las dos últimas se atragantaron, y es mejor salirse por la tangente con bonitas excusas que rendundar de manera innecesaria.



I-VAGANCIA EXTREMA:

Fin del post.

Quedando 7 razones, vamos a desglosarla, por aquello de llenar espacio, en sus múltiples manifestaciones y excusas.


II-COSTE DE OPORTUNIDAD:

Concepto básico en economía que me sirve para explicar que el tiempo de tocarme los huevos es tiempo que no podré dedicar a otra cosa, y dedicar tiempo a otras cosas me jode el plan de rascamiento genital. El tiempo que paso en Internet sigue siendo más o menos el mismo: tirando a demasiado, pero últimamente el bloguerismo ha pasado a tercer o cuarto plano.

III-VÉRTIGO, INSEGURIDAD

Parece una estupidez, pero con los años me estoy volviendo entre humilde y gilipollas y cada vez me cuesta más expresar mis opiniones, porque cada vez me resulta más difícil estar seguro de ellas. He quemado unas cuantas etapas educativas, y la supuesta seguridad en el conocimiento propio que parecemos pedirle a la universidad de recién llegados se parece bastante más a una conciencia de las propias carencias que a la confianza en uno mismo. Una puta asignatura aprobable con 20 horas de estudio puede estar hablándote del trabajo de décadas de cientos de investigadores, donde veías un interrogante hay 400, y así hasta el infinito. ¿Cómo coño escribir algo de lo que no me avergüence en unos meses? ¿No es arrogante pretender extraer una suerte de conocimiento más o menos acabado sobre algo?

No es simple miedo al cambio, no es un apego insano y dogmático hacia mi identidad, ni siquiera un salvoconducto taoísta acerca de las virtudes del ''no-hacer''. Es una especie de elevación de la autoexigencia que resulta contraproducente, pues mutilando la práctica el lisiado resulta ser el ingenio: el talento se entrena o se oxida. Y no sólo contraproducente, sino también paradójica, al producir el mismo efecto que su opuesto, el descuido total.

Y sin embargo, a veces sigo pecando de escritura, porque me ayuda a poner en orden mis ideas, y porque es una válvula de escape. Una hoja suelta en la agenda, un folio en sucio, cualquier mierda que no sea un ordenador puede valer. Lo más divertido, quizás, es hacer arqueología intelectual de uno mismo años después...Aunque a menudo nos cueste reconocernos en nuestro yo del pasado, porque ahora estamos unidos a unos cuantos grupos del Facebook sobre odiar gente que era como nosotros hace un tiempo.

IV-FALTA DE COMPROMISO

Un blog activo exige compromiso. Con uno mismo, principalmente. Exige pensar específicamente sobre qué podrías escribir, exige una labor de documentación, exige convertir ratos muertos en momentos de furia escritora. Tienes que darle forma y personalidad a tu alter-ego escribiente, tienes que disociar chamánicamente tu identidad y mandar a tu psico-holograma a fisgar por los archivos akáshicos. Tus manos sólo sirven para teclear y tu cabeza para sujetar el cordón de plata. Debes enfrentarte al reto de explicarte, de llegar a aceptar tus propias conclusiones y exponer tu lógica de razonamiento. La disociación del investigador en el campo es un tema bastante recurrente en la hermenéutica etnográfica, y puede contribuir eficazmente a generar un ''extrañamiento'', que, al fin y al cabo es el combustible de la curiosidad sociológicamente orientada. Claro que si uno va a extrañarse sin más es Samanta Villar, no un etnógrafo. El extrañamiento es un puente entre los polos de la observación y la participación: es la voluntad de traducir a términos ''etic'' la vivencia como información ''emic''. Agentes dobles de las categorías técnicas y las categorías folk.

Un momento, ¿de qué estaba hablando?. Disculpen este recurso tan manido, sé que me basta con levantar la vista unas cuantas líneas, sencillamente quería expresar que se me ha volado la cometa sin decirlo claramente, pero vaya, ya lo he dicho. En fin, el caso es que toda esta épica de la escritura requiere cierto compromiso personal, quizás es consecuencia de mi propia elaboración mental del proceso como algo épico y no como un simple libre fluir de ideas, pero así son las cosas y así se las hemos contado.

Luego está el tema de la audiencia: con la chorrada, más o menos entra gente al blog, no sé cómo habrán llegado (seguramente la mayoría por accidente y con visitas de 0'3 nanosegundos), pero alguno a lo mejor quería leer más de un servidor...Bueno, hay un archivo de entradas, pero no es excusa si aspiro a que alguien entre, cosa que no tengo nada clara, pero en fin, en el fondo a todos los bloggers nos gustaría que sucediese, ya fuese por el esfuerzo personal o por la magia de la Navidad.

V-FALTA DE ORIGINALIDAD

¿Qué le cuento yo a esta gente que no haya oido ya?. Es imposible, seguramente, al menos si hablamos de un receptor universal. Uno a uno, habrá quien lo encuentre original, pero la mayoría de las cosas que cuento yo, o cualquiera, vienen del contexto cultural y alguien las dijo antes que nosotros, aunque fuese por casualidad.

Quizás uno puede conformarse con pensar que le leerán por su perspectiva que en cierto modo es única y personalísima, pero qué coño, todos aspiramos a inventar la pólvora y cuando no lo conseguimos podemos llegar a desanimarnos.

VI-UN BLOG SIN PERSONALIDAD

¿De qué va Suciología? Cualquiera diría que de Sociología, y así es, porque tampoco se sabe muy bien de qué va la Sociología, y en eso consiste precisamente. Pero quien busca un blog de esta ''ciencia'' normalmente espera citas a autores y teorías, y normalmente yo me lo paso por el forro porque esto no es un trabajo de clase.

Entonces cabría esperar que esto sea un pequeño cuaderno de bitácora vivencial, hecho de impresiones y pequeñas cosas como el pastelazo de ''Amelie''. Pero tampoco es eso, porque me encanta el denso desbarre parateórico, y porque supongo que quien se sienta atraído hacia ese tipo de cosas las buscará en Ascodevida y similares.

Este blog no tiene ninguna temática específica ni nada que se le parezca, las entradas sólo tienen en común el autor. Y no soy una gran personalidad como para que me sigan por mi nombre. Seguramente, la mayoría de los seguidores sean anecdóticos, alguno un poco recurrente aburrido de no encontrar actualizaciones y poco más, pero si han decidido perder el tiempo conmigo, no tengo porqué defraudarles.

VII-¿A QUIÉN COJONES LE IMPORTA?

Y sin embargo, ¿a quién cojones le importa lo que uno pueda contar? ¿Llegará a algún destino nuestro globo sonda?. Si uno normalmente no comenta, ni se implica en el ''circuito blogger'',  pasa de su blog, etc, lo más normal es que no le tengan en cuenta. Ningún problema cuando te la suda, y el propio ''me la suda'' es el generador de inacción, pero evidentemente es un plus menos a la hora de que se te ocurra ponerte a escribir.

Si uno valora lo suficiente su contribución, no le teme al anonimato, por muy insidioso que pueda resultarle. Pero aunque la valores, es difícil forjarse una disciplina en la sombra.

VIII-DE PERDIDOS AL RÍO

Huy, hace unos tres meses que no actualizo mi blog...¡Que sean cuatro!. Total, nadie va a notar la diferencia, bien porque efectivamente no haya nadie, bien porque los que haya se huelan la tostada y no les pille  de sorpresa. Total, si no actualizar el blog no tiene repercusiones negativas, y actulizarlo tiene ciertas recompensas olvidadas a fuerza de no hacerlo, ¿para qué ponerme ahora mismo?. Mejor esperar a que las musas llamen a la puerta, aunque la única musa es la disciplina, tome la forma que tome. ''Espera que sople el viento a favor'', como diría el talentoso pero insoportable Enrique Bunbury.


Ahora que comprenden un poco mejor mi pereza, les queda, mis queridos lectores, considerarla intolerable, aceptarla jocosamente o pasar del tema, como haría yo